domingo, 22 de noviembre de 2015

LA MUÑECA

I  
Ella, que a partir de este momento llamaremos muñeca, se enamoró como toda mujer buena de una mujer mala. Toda mujer buena debe tener al menos una historia muy triste y muñeca no es la excepción. Se enamoró de una mujer que, a partir de este momento, llamaremos la buhonera; entonces, este amor lésbico y conflictivo tiene sus escenarios en los estadios, eventos y conciertos.
 La muñeca en su amor errado, acompañaba a la buhonera a vender chucherías en los conciertos. Enamorada de lo emprendedora que ella podía ser, la seguía a todas partes. La buhonera era alta como una torre de parque central y fría como una nevera en la luna; la muñeca, pequeñita y vulnerable, caminaba orgullosa con ella; cabalgando en su carretilla de caballos de cauchos, que en vez de flores llevaban cocosetes y bolibomba en cajas. Cambió sus guantes de seda por unos de obrero y dejó los vestidos colgados por un jean y un arnés, ella lo prefería así; dejar de ser ella para estar junto a su amor. En los conciertos más grandes había otra mujer que a partir de este momento llamaremos jueves y que en el trascurso del tiempo notarán la razón de su nombre. Jueves era una mujer bajita y malhumorada, guapa pero inadmisible. Pocas veces se comunicaba, simplemente corría, mandaba, solucionaba, regañaba con determinación y cada vez que le hablaba a la muñeca era por el mismo delito:
— ¡Hasta cuándo debo decirle que ponga la lista de precios a los productos, no podemos ser irresponsables con el consumidor!
—Si… ya lo ponemos— decía la muñeca, temerosa, discreta e intentando asomar una sonrisa conciliadora para jueves, pero esta; implacable y siempre apurada no la miraba. La verdad, ella no miraba a nadie, era como una máquina para solucionar problemas de producción; un militar dando órdenes sin tacto ni calidez. Así pasaron un par de años, la muñeca cada vez que llegaba a un concierto intentaba una nueva forma de saludar a jueves soñando a veces que ella en un sorpresivo gesto de cariño la apartaba de la buhonera y se la llevaba en su bolso, ese bolso que usaba siempre, de donde sacaba morropac, marcadores, bolígrafos, soluciones, ímpetu, carácter.
 A la muñeca poco a poco se le fue agotando el amor por la buhonera que la apartaba de sus tacones, de su esencia; mientras a jueves también se le agotaba el amor por el trabajo. Ambas con un cansancio a cuestas decidieron, por separado pero al mismo tiempo, renunciar.
La muñeca le renunció al amor indiferente, gris y maltrecho de su indiferente buhonera, dejó la carretilla y los doritos, dejó los campos y los estadios tras ver a su amada besando otra boca en su propia cama.
Por su lado jueves, cansada, también dejó su bolso y su estrés constante. Le renunció a la rentabilidad, al poder, a la rabia… y sin bolso ni trabajo decidió descansar, aunque triste, como si hubiese dejado un amor. El día que se fue de la compañía decidió caminar y por la acera de enfrente lloraba la muñeca tras la traición de su ex novia infiel, ambas caminaban tristes por calles distintas, pero hacia la misma dirección: la plaza Altamira.
Allí cada una se sentó con su melancolía en un banco, mirando el obelisco… como perdidas sin saber a dónde ir. Muñeca con las lágrimas en el rostro; jueves con las lágrimas contenidas. Ambas dejaron que la noche llegara, cada una en su banco, cada una con su tristeza.
Cuando muñeca volvió a su casa se aferró a su perrita luna, jueves a su almohada; acostada del lado izquierdo de su cama y muñeca del lado derecho de la suya.
Al amanecer, muñeca se despertó hinchada de tanto llorar los embates del engaño, desayunó un cigarro y prendió el televisor.
Jueves miró su clóset con temor a abrirlo y encontrar aquella caja que olvidó y dejó por el bolso repleto de morropac, bolígrafos y soluciones;  respiraba, sentía la culpa de haber dejado al bufón atorado en los ganchos, en cajas que nadie ve; la ahogaba la duda de no poder volver a las tablas, al teatro, a la calle… la atormentaba noche tras noche, hasta que su duende interno, de tanto entristecer sin sueño, gritó por dentro y espantó el miedo de jueves  y, lentamente, ella fue hasta  su clóset… así, como abriendo un telón, abrió la caja y después de casi tres años tocó de nuevo su nariz roja y su traje colorido. Una sonrisa parecida a la esperanza salió de ella, con temor tomó la nariz, fue hasta el espejo y se la puso; se miró, lloró, río. Reviviendo lo que fue y dejó por dinero. Ese lunes amaneció más despierta que nunca y recuperó su sueño, aunque no pudo dormir.
Muñeca, por su parte, no quería salir de su casa, le pesaban los pedazos rotos de su corazón; no dejaba de fumar, de beber, de llorar. Su casa inmensa se volvió más grande. Cada esquina estaba húmeda de tanto dolor y en el entretelón del silencio y el llanto; en su clóset vio de nuevo su fila empolvada de tacones, tacones que durante tres años olvidó porque a la buhonera no le gustaba que ella se vistiese femenino, que se viera coqueta, que fuera ella. Miró todas sus prendas, el maquillaje que desde hace mucho no usaba por complaciente.
Días y días largos pasaron y muñeca veía su fila de tacones hasta una mañana en la que el sol más insistente en su optimismo de lunes; hizo que muñeca se mirara al espejo y, lentamente, como una actriz cuando empieza su maquillaje en camerino, empezó el ritual de pintarse el rostro: cerró los ojos, bañó su cara con agua tibia evaporando un poco su tristeza, la secó, digna. Empezó con la base, el tapa ojeras y el tapa dolor, eligió vestirse de rosado porque quería vestirse de dulzura. Mientras delineaba sus ojos, empezaba a recuperar sus fuerzas, sus ganas… y una leve sonrisa esperanzadora apareció de pronto como el elemento inesperado de su maquillaje. Puso rubor en sus cachetes de muñeca, rizó sus pestañas, secó su cabello y un hermoso vestido acompañado de un par de tacones la sellaron en el regreso a ella misma.
Ese lunes Caracas parió a dos mujeres distintas, una con una nariz de payaso y la alegría como carta de presentación y otra que caminaba en ese piso cinco al compás de sus tacones rosa por la plaza, frente al edificio.
II
A la hora del almuerzo muñeca bajó con sus compañeros de trabajo, deleitándolos con su belleza recién recuperada y su humor de chica citadina; se sentía ligera, amena, mujer. Conversó, sonreía y al fumarse un cigarro en compañía de sus amigos, la interrumpió un bullicio, un ejército de risas. La curiosidad los llamó y se dieron cuenta de la presentación de una payasa con un humor inteligente y sarcástico, dispuesta a llevarse la atención y los aplausos del público. Tanto muñeca como sus compañeros fueron cómplices y, de inmediato, se dejaron conmover por el atinado humor de esta particular comediante. En medio del acto jueves y muñeca cruzaban miradas y una hermosa carcajada ronca es disparada por muñeca y su picardía. La mirada fue tan diligente para el coqueteo de ambas, que cada día a la hora del almuerzo ellas dos tenían una cita tacita y rutinaria.
Se miraban siempre, cada día más cerca pero no se reconocían, muñeca siempre estaba maquillada, muy bien vestida, entaconada, toda una ejecutiva… nada quedaba de esa menuda chica detrás de una carretilla y jueves, en personaje, animada y promoviendo sonrisas; tampoco se podía asociar con aquella muchacha con el bolso y el mal humor producto de cazar en la buhonera y en el resto de las concesiones trampas y errores.
Jueves no paraba de pensarla, aquella inquietante ejecutiva se había convertido en una imagen recurrente y deliciosa en su mente, quería arriesgarse a conocerla, pero esa gerente hermosa que parecía una muñeca se perdía rápidamente a las dos pm.
Una química tímida sucedía entre ellas y crecía como crecen las flores: lentas y sin que nadie lo notase.
Jueves al finalizar su nueva rutina laboral, llegaba a su habitación cansada.  Ella vivía alquilada en una habitación en Chacao, se mudo de muy joven tras adivinar el destino que tendría su sexualidad y el efecto que traería en sus muy católicos y conservadores padres. En ese cuarto habían dos paredes emblemáticas, en una tenia la colección de credenciales, brazaletes, fotos de su trabajo como productora y enfrente de esa otra pared, pero vacía, donde guindaba su traje y su nariz; lo demás era esperanza. Sus finanzas poco a poco declinaban, aunque había ahorrado lo suficiente sabía que había dejado la fuente mayor de dinero y que lo que más amaba en la vida que era ser comediante, no le daría para cubrir sus gastos. Se sentaba en la cama a pensar; pero cada vez que recordaba a la gente, los aplausos y la risa ronca de muñeca la esperanza volvía y entonces cenaba su comida preferida: arroz a la cubana.
La muñeca también vivía en Chacao pero ella era quien alquilaba las habitaciones, en una quinta inmensa. Era una quinta triste, la muerte se fue llevando a sus padres, abuelos y hermanos, uno a uno sin avisar y la casa se volvía más grande. Había heridas incorregibles en las paredes y el engaño de la buhonera aún aparecía entre sombras. Las voces de sus inquilinos ahuyentaban las lágrimas regadas en las esquinas; le daban luz, compañía y dinero.
La muñeca al entrar en su habitación se quitaba los tacones, el vestido, se bañaba y luego la soledad se iba tras las caricias y miradas que su perrita luna le daba. Mientras cocinaba su arroz a la cubana prendía la tv y recordaba a la comediante; venía entonces la esperanza. Soñaba con que ella se acercaba, con que al fin se conocían y se lograban en esa imaginación femenina que vuela como los halcones, que se esmera y se agita por un pequeño gesto.
Entre tantos días que se convirtieron en meses, en una presentación jueves no escuchó la risa ronca, trató al finalizar el acting de mirar y ver si muñeca estaba allí pero no, no había ido. Una tristeza chiquita empañó a jueves que tuvo el miedo de pensar que al siguiente día pasaría lo mismo, y así fue. Extrañando ese aplauso ronco y esa mirada siempre al final del espectáculo, después de una semana de no saber de muñeca se armó de valor y entró al edificio.
Cuando entró la recepcionista la recibió con mucha alegría, ella explicó y describió a muñeca y la recepcionista le indicó el piso y el pasillo donde trabajaba
Jueves, vestida de payasa,  llegó hasta el pasillo y los demás trabajadores del departamento que también la saludaban con especial cariño, como se saluda a un artista al que le agradeces la risa, le dijeron que muñeca estaba enferma, que estaba de reposo. Ella insistió en dejarle un presente en la oficina y entró.
La oficina de muñeca era grande, había una foto de ella con sus padres ya fallecidos una laptop pequeña y de última generación, gavetas que guardaban presupuestos, propuestas y secretos.
Jueves se sentó enfrente como imaginando que ella estaba ahí, colocó el origami de un árbol y la nariz de payaso; eran su forma de rosas con una nota: “el pacto sin decir era que yo pusiera la nariz, pero tu pusieras la risa”
Así, insistió en ir todos los días a llenar el ramo y todos los días dejaba una nariz hasta que al árbol de origami sólo le falto una, justo cuando la colocaría un compañero de trabajo de muñeca se acercó:
            —¿Por qué no vas a visitarla a la clínica? Esta es esta dirección…
Pasaron dos semanas hasta que jueves decidió, como todo una payasa de hospital, irse a la clínica con su vestuario, un globo y la nariz en el bolsillo.
Llegó nerviosa, llegó feliz. Quería conocer a su risa ronca y cuando pudo llegar a su habitación estaba muñeca besándose con su doctora, era la doctora miércoles quien atravesada en el perfecto momento vio los encantos de muñeca y no dudo en cortejarla.  Jueves decidió no entrar, caminó como un payaso triste por los pasillos de esa clínica. El tiempo que se tomó para dejar las narices en el árbol de origami en la oficina de muñeca, había sido el mismo tiempo que la doctora miércoles y muñeca se habían dado para conocerse y aproximarme en la coincidencia de una emergencia médica.
Jueves al salir soltó el globo de helio en el pasillo que quedó atorado en el techo; como atorados se quedaron las ganas de jueves y su penoso a destiempo.
Así, caminó de vuelta a la plaza Altamira, su plaza preferida para llorar o soñar. Contempló de nuevo el obelisco como pidiéndole tregua y la absolución de su soledad, mientras muñeca pasaba en carro, ya de alta con su doctora miércoles mirando al mismo tiempo la luz del obelisco;  esta vez para dar gracias por su recuperación y por tener al lado a una buena mujer.
Cuando llegó a la oficina miro el origami, ese árbol de papel con flores de nariz de payaso que había dejado jueves y al que le seguía faltando una rosa. La conmoción no vaciló en aparecer; una mezcla de ternura, decepción y cariño se asomaron mientras leía los detalles que día a día le había dejado Jueves
—Vino todos los días desde que se enteró de que estabas enferma
—Qué belleza de detalle, yo también quería conocerla pero…
—¿No fue a visitarte? yo el viernes le di la dirección, pensé que había ido, mencionó incluso que te regalaría un globo…
—No, ya va… sí, yo vi un globo de helio pegado al techo, quizás fue pero me vería con…
La muñeca espero la hora del almuerzo con hambre de conocer a jueves. Como a las 12:30pm, después de salir de una reunión con todos los inmensos pendientes, corrió con sus tacones y su belleza a la plaza de siempre para ver a jueves pero esta ya no estaba ahí.
            —¿Qué pasó con la comediante de aquí?
            —Nosotros también estábamos esperándola, pero nos dijeron que se mudó de plaza, que ya no vendrá por aquí.
Muñeca se fue triste, con una ansiedad embarcada. Quería conocerla, quería saber quién estaba detrás del vestuario y ese talento enorme para promover sonrisas. Se quedó con el árbol de papel y cada vez que llegaba la hora del almuerzo lo sacaba como tratando de invocar a jueves.

III
Días que se hicieron meses, meses en los que el noviazgo entre muñeca y miércoles se fortalecía, mientras jueves incubaba un proyecto teatral para presentarlo en el municipal. Lucía animada como comediante y resignada como mujer, pero con muñeca aún en la mente; así ensayaba, así bebía con sus amigos actores, así iba a las entrevistas de tv y radio promocionando su obra, en una de esas entrevistas muñeca reconoció a jueves y se dio cuenta que esa mujer regañona de los conciertos era la misma que con la ternura en las manos le regaló el origami más hermoso y los almuerzos más divertidos del mundo.
—No puede ser que sea ella ¡Dios santo!
Inmediatamente trató de anotar el teléfono y al marcar los números para grabarlo se dio cuenta que lo tenía como “Productora amargada”. Río a carcajadas.
—Mi amor que ocurre, ¿te me estas volviendo loca?
Muñeca sintió temor de responder, no quería comentarle a miércoles lo del ramo ni todo eso que sentía, pero que no tenia nombre.
—Nada mi amor, es que la tipa de la obra… pensé que era otra.
La noche fue una ironía que no la dejaba dormir, se despertó inquieta, quería llamar a su dos veces jueves, dos veces le había llamado la atención esa mujer; así que al llegar a la oficina no dudo en desayunar con el teléfono en mano.
—Aló buen día por favor con jueves
—Sí soy yo, ¿de parte?
—Bueno, empecemos por el final, Muñeca la dueña del Origami o ramo de nariz de payaso como quieras decirle
—Muñeca, ¿cómo estás?
—Bueno ya mejor, gracias por el regalo y las risas.
—Gracias a ti por los aplausos y la risa ronca. Falta una nariz en tu ramo.
—Si lo sé.
Así empezó una deliciosa conversa que terminaría dos horas después, revelándose después de agregadas al pin y con risa en boca, la paradoja de quiénes eran en ambas.
El pin y sus submundos fue un nicho ideal para seguirse, intimar sin culpa y volverse ambas adictas a los nombres en “BB”  en negrillas; de ver el bombillito rojo como una pequeña ambulancia que ruidosa y apurada lleva, en vez de heridos, mensajes que alebrestan y entretienen, intimidan o emocionan.
Ciertas culpas rondaban a muñeca cada vez que finalizaba las conversaciones por pin, voice mail, teléfono, correo; conversaciones que cada día se hacían más largas. Madrugadas deliciosas de tertulias, risas, mensajes de voz; impulso incontrolable y culposo. Muñeca quería a miércoles, pero jueves, tan inoportuna y divertida estaba ahí. En el fondo quería conocerla; pero en su cabeza brillaba severa la palabra infidelidad, como un letrero inmenso al que había que hacerle caso. La necesidad de seguir en contacto con jueves era más fuerte, total sólo eran “amigas” y la mensajería y las llamadas eran lo único que las liaba.
Hasta un día en el que jueves luego de haber discutido con la que le alquilaba la habitación por un desencuentro monetario decidió no dormir esa noche ahí, desembocó por petición de la muñeca en su casa y ahí, en ese inmenso patio trasero de la casa de muñeca. Después de tantos meses, de tantos encuentros lejanos y cercanos al mismo tiempo, se miraron muy cerca:
            —Muñeca
            —Dos veces jueves— replicó muñeca— ¿Qué pasó con la señora que te alquila la habitación?
Esa fue la pregunta que comenzó la noche, un par de cervezas cada cuanto, una luna inmensa; farol natural del encuentro y un nerviosismo atragantado en cada frase. Muñeca pensaba que tenía las mismas ganas de besarla que de no engañar a su novia. Jueves tenía las mismas ganas de besarla que miedo a una negativa. Cada vez que muñeca soltaba una carcajada a jueves le venían las ganas de besarla, de olerla más cerca, de quedarse en un abrazo, confesiones, risas. Y esa cosquillita en el alma que la hacía sentir plena, a gusto y con la mujer adecuada.
En medio de tanto sucedió entre ellas un silencio, muñeca no quería mirarla a los ojos, miraba la cerveza que tenía en la mano y jueves la miraba a ella esperando que esta volteara. Muñeca sabía que si volteaba la mirada estaría directo en sus labios, ambas con el miedo del gusto saboteando. Se arriesgaron, y ahí en ese patio frio se calentaron sus bocas. Muñeca metió sus manos en el cuello de jueves, jueves metió su lengua en la boca de muñeca. La culpa se quedó dormida por un rato, mientras el calor y las ganas nadaban entre ellas, un abrazo confirmó la delicia de un beso dado en el momento justo y con el sabor esperado.
            —Voy por dos cervezas, estas se calentaron— dijo muñeca con una sonrisa cálida y picara en su boca.
Jueves tenía una de sus narices de payaso en el bolsillo y quería entregársela para completar el origami, así que decidió esperar a que muñeca regresara de buscar las cervezas, pero empezaba a tardar; así que jueves, extrañada, empezó a buscarla por toda la casa y muñeca no aparecía. Mientras escuchaba:
—Jueves jueves,…Jefa despierte ¡despierte! que ya desmontamos.
            —¿Qué? Estoy en un concierto… ¿y muñeca?, debo entregarle la nariz de payaso.
            — ¿Qué? No entiendo jefa, mire, si se refiere a muñeca la de las chucherías, está allá, donde están los toldos. Jefa, jefa… pero no corra.
Jueves corrió desesperadamente al kiosco donde estaba muñeca. Ella estaba ahí, durmiendo con su vestido rosa y sus tacones.
            — ¡Muñeca despierta!, ¡muñeca despierta¡
            — ¿Qué?
            — Que te despiertes mija, que ya llegamos. Te he dicho que no duermas en la camioneta porque llegas al campo despistada y mira que vamos tarde. Ya jueves debe estar molesta ¿Metiste la lista de precios?
            — Jueves, ¿donde está jueves Dios mío?
            — Si, asústate porque ahí viene uno de sus séquitos
            — Chamo que más, mira se nos hizo tarde; pero tranquilo, que tú sabes que las chucherías se cargan rápido y ya muñeca va a montar la lista de precios. Jueves debe estar molesta ¿verdad? 
            — No, les venía a avisar que ya jueves no trabaja con nosotros.
            —¿Qué?, pero, ¿cómo? No entiendo; yo necesitaba hablar con ella urgentemente.
            —No muñeca, ella renunció, nadie sabe nada de ella. Incluso el teléfono sale apagado, así que tus zapatos deportivos hoy no te van a servir de nada porque ya no habrá más corre- corre. La nueva gerente es mucho más dócil, por cierto ahí vine, chicas les presento a la nueva productora.
            — Chicas, no se asusten no vengo a tratarlas mal, vengo ayudarlas en todo lo que necesiten.
            — Viste. Yo les dije que ya los deportivos no van a ser necesarios, vénganse hasta en tacones jajaja.
            — Ja, bueno nada, mucho gusto.
            — Mucho gusto, yo soy la de las chucherías.
            — Ah… mucho gusto, ¿y tú? ¿Su socia imagino?
            — Sí, mucho gusto. Muñeca.
            — Un placer muñeca, mi nombre es miércoles.


FIN

viernes, 13 de noviembre de 2015

MIENTRAS RODABAN LOS PUPITRES

Roberto era un creativo de 30 años, desempleado, viviendo de sus últimas prestaciones y de uno que otro trabajo que le salía; recién divorciado de una mujer insoportable que alguna vez no lo fue. Se sentó en un café para tomar una cerveza y olvidar el trago amargo de las aventuras judiciales que tuvo que vivir para quedar legalmente tranquilo.

En su cuarta cerveza una joven lo miraba una y otra vez, alta y hermosa, parecía interesada en él; pero Roberto, que no iba precisamente de cacería, se dio la vuelta. Insistente, la joven se sentó a su lado y le habló.
—Creo que te vi una vez, pero no doy con el sitio. Estefanía, mucho gusto.
—Roberto, yo tampoco doy con el sitio—dijo él sin mucho sobresalto.

Ella se excusó porque debía marcharse pero le dejo su teléfono en un pedazo de papel, Roberto se lo metió en el bolsillo y se dispuso a seguir bebiendo.
Cuando la cerveza número veinte lo encontró, decidió que era hora de marcharse, se fue a su casa donde quedaban restos del litigio de la fulana insoportable que una vez no lo fue. Roberto tenía sentimientos encontrados.
—Cómo se extraña la mierda, qué paradoja— dijo molesto y nostálgico. Para evitar más pensamientos sobre ello, le escribió a Estefanía y quedaron en verse el lunes por la noche. Roberto iba con el mediano objetivo de que; un clavo joven sacaría a uno oxidado y con tiempo en la pared.
Estefanía llegó con una sonrisa amable y conversaciones sobre sí misma que no cesaban.
—Bueno, yo soy nadadora, tuve una revelación, bueno yo lo llamo así, es que fíjate…
Roberto estaba fastidiado pero su casa lejos de ser aburrida, en esos días era una forma involuntaria de venganza de la mujer insoportable que un día no lo fue, porque como en toda ruptura, quedan restos de su presencia mala o buena; así que siguió escuchando el discurso de esta joven que desbordaba precisamente eso:  juventud.
—Yo leí al Dalai Lama, y quedé encantada. Otro que me parece genial es Paulo Coelho… es que ese tipo de lectura creo que enriquecen el espíritu, ¿no crees tú?
Roberto asintió por conveniencia y habló poco. Le parecía hermosa, era atlética y en su cuerpo se notaban las consecuencias de sus entrenamientos. Cuando Roberto empezó a detallarla, se emocionó un poco más y fingió empatía por una lectura que no le gustaba en lo absoluto.
Empezaron a salir con más frecuencia, pero Estefanía ponía muros para el primer beso. Roberto, fuera de entrenamiento en materia de flirteo y conquista, no hallaba como entrarle sin rayar en hambriento o abusador. Ella seguía hablando de Dalai Lama, natación y vitamina C y, aunque no era del todo aburrida y resultaba hasta cálida, Roberto quería besarla; y no fue sino hasta la cuarta salida de cine que Estefanía lo permitió. Estaban viendo una película sobre un delfín discapacitado cuando Estefanía empezó a juntar sus manos con las de él, apartó las cotufas y lo besó. Al principio Roberto se sentía estúpido, completamente estúpido; pero luego dejo que su lengua jugara con la de ella. Como estaban en el cine, era como un break cada cierto tiempo hasta terminada la función.
Roberto regresó a su casa; el beso le gustó, lo redimió con la soltería, lo hizo izar bandera en su cédula.  Besó otra hembra después de ocho años y esta nueva boca era tibia con labios calientes. Comparó en su mente y ganó Estefanía, ganó a juro. Ganó por desconocida, ganó como premio por aparecer semanas después de su divorcio, ganó por tener veintitrés y por leer Dalai Lama y creer todo lo que él dice en su budismo casto. Ganó porque no tenía canas, porque no quería cambiar a Roberto, porque no le conocía las mañas, y aun así, permitió que su lengua y la de él se conocieran.
Le entró un deseo por Estefanía y Roberto empezó a masturbarse, sus imágenes primarias eran con el primer beso, luego recordó la gente, las cotufas, la oscuridad, la timidez de Estefanía. Además ya habían salido como catorce veces, cuatro de ellas al cine, y en esta cuarta el beso.
Roberto abrió los ojos, dejó de tocarse el pene y le invadió una flojera terrible: “y ahora, esto es sólo el principio, qué ladilla volver a conocer a una mujer, jugar al flirteo, esperar para llevármela a la cama”—dijo en voz alta, molesto, obstinado—.
Porque, en cambio, con la mujer insoportable que una vez no lo fue; todo estaba tan hecho, tan de tomar y soltar; tan de mirar y saber de una lo que se quiere, por donde se toca, qué se hace y que no. Con esa mujer que ya no vivía en su casa, con la que había hecho el amor, con la que había tirado, cogido, por ocho años era un camino conocido. Y ahora Roberto se veía, lento y fatigado empezando con una lengua nueva, cuando ya tenía cuadras enteras, una ciudad completa; pero qué hacía poco había firmado para su total devastación.
Aún así, siguió saliendo con Estefanía, que le hacía pasar momentos agradables, y estaba ansioso por estar con ella; pero Estefanía, blindada de prejuicios y precauciones, lo mantenía en un punto donde mantuviera el interés y fueran al ritmo de ella.
Ella empezó a invitarlo a sus espacios, en una oportunidad lo invitó a almorzar en la universidad y se besaron en una placita, en un banco escondido entre árboles. Justo después de esos besos, de ver el morral, de oler a semestre, a Roberto le entraba una terrible sensación de flojera, pronunciar lugares como comedor, biblioteca, profesor, “quiero ser”, lo hacían devolverse mentalmente a su casa y recordar las canas de su mujer que era diez años mayor que él. Recordar que hacía más de seis años que ni siquiera iba a hoteles, ni mucho menos a plazas; mientras Estefanía seguía hablando de todos sus sueños, de sus buenas notas en los parciales y de que adoraba a los perros. El ataque de flojera y ansiedad seguía rodando en la mente de Roberto, con esa frase que lo atormentaba: “cómo se extraña la mierda, qué paradoja”
Para despistar su fatiga empezó a mirarle el cuerpo a Estefanía, era sin duda un cuerpo hermoso y atlético, el gusto poco a poco fue bajando sus prejuicios y al despedirse se abrazaron. Roberto se fue a su casa, escribió un par de líneas para un proyecto que tenía, pero aún quedaban cenizas de la mujer insoportable que un día no lo fue; entre sus papeles encontró una nota “recuerda comprar café, que a ti no te gusta, pero a mí sí”. Siguió hasta la cocina y revisó, todavía quedaba café. Esa nota no era tan vieja y ese café eran los residuos de un detalle de esposos, pero también recordó los gritos y las peleas; también recordó porqué se divorció. El corazón abollado de contradicciones no encontraba qué sentir. La cocina era tierra de nadie, la cama: un cementerio de orgasmos.
Entre tantas ocupaciones de Estefanía, producto de incubar su proyecto de vida, se vieron a la semana siguiente en la universidad. En la misma plaza y en el mismo banco, pero en la noche. Estefanía se recostó de Roberto para aligerar el frío y se dejó, en un desmán de confianza, en los brazos de él. Un farol, mucho verde y una noche llena de grillos hizo que Roberto se abriera un poco más. Empezaron hablando de canciones y literatura, ella extasiada con la electrónica, el invocando a Sabinas, Francisco céspedes, Edgar Alan Poe y Baudelaire. De pronto, una respuesta de ella arremetió contra su devoción al verbo. Estefanía, con un tono existencial bañado de una pobre sabiduría, dijo atentando así en contra de Edgar Alan Poe, y los poetas malditos, y toda la literatura: “Sí, bueno esas canciones son escuchadas y esos libros leídos pero no deberían escribirse, porque son tristes y la tristeza no es buena, en mis libros de crecimiento personal…”
Roberto sintió que del suelo salió Poe a tirarle su botella y restregarle sus miserias, que de un árbol salto Baudelaire a mancharla de tinta negra y redimirse en su oscuridad y que su propio alter ego le gritaba a Estefanía con toda la furia de quien ama la literatura oscura: “¡ahógate nadadora, en tu ignorancia soberbia!”

Pero callado, irritado, con una implosión intelectual. Quieto y sobado por Estefanía reposaba Roberto en silencio, ofreciendo disculpas calladamente a todo aquel, que alguna vez hizo de la lágrima tinta de su inspiración. Trató de reducir el tiempo escapando del tema y dándole importancia a la hora, no quería que notase lo molesto que estaba mientras caminaban juntos. El impacto de aquel comentario lo llevó a la mujer insoportable que un día no lo fue, una mujer devota de Benedetti y Sabina, de los árboles en invierno, de la poesía por el simple placer de las imágenes, sin prejuicios sobre el sentir del autor. Una mujer de vino, de canas, de tragedias griegas; amante de Odiseo, Edipo y Dante. Se fue a su casa profundamente molesto, tristemente molesto repitiendo en su interior: “cómo se extraña la mierda, qué paradoja”.
Roberto trató de reponerse con la distancia. Frescos mensajes de textos iban y venían, hasta el próximo encuentro, esta vez en un café. Estefanía pidió un jugo natural, Roberto una cerveza; como siempre empezaron hablando de entrenamientos, de las medallas ganadas por Estefanía, del nuevo libro de Deep Chopra, luego Roberto llevó la conversación en torno al sexo y ella, haciendo alarde de su discurso, pronunció las frases comunes en ese caso: “Yo no concibo el sexo sin amor, porque es un acto tan especial para mí”…

Y de nuevo, como un fantasma, vino la mujer insoportable en la mente de Roberto, esa mujer que conoció en un café besando a otro, que seductora y hembra, de noche y cigarrillo; se le metió en el pantalón de un tajo. En un parpadeo su pene gritaba al cielo, firme ante un cuerpo que descarado se lanzaba ante él. Y en aquel hotel en la ciudad de los crepúsculos, borrachos de sexo, no tuvo otra opción que enamorarse aquel martes de abril, de esa mujer. De esa testaruda mujer de canas, terriblemente insoportable, que un día no lo fue.
El fingiendo una reverencia, trago la cerveza y dijo: “Claro, así tiene que ser”.

Siguieron conversando, y al final de la velada, sólo un roce de la mano sobre el rostro de Roberto hubo entre los dos, ella con una mirada perdida como una escena de Shakespeare y él agotado de tan poco.
Roberto en sus días siguientes, andaba concentrado en sus escritos y libros, en su desidia voluntaria de comer poco y dormir poco, cuando un mensaje de Estefanía llegó:
“Te pienso mucho y te deseo más, a pesar del poco tiempo, aún siendo un roce pequeño; mi deseo crece y crece mucho. Definitivamente quiero estar contigo, pero el miedo me gana. Un beso. Estefanía”.
Roberto pensó y pensó.  La sorprendió en la universidad con unas rosas rojas, para no perder la costumbre del lugar común. Él llego hasta su salón, era de noche, la última clase de todas las aulas. Ella emocionada lo miró y lo besó, comenzaron a besarse una y otra vez, besos acalorados que Estefanía no logró parar.  Su piel respondía firmemente a las caricias de Roberto, su lengua exploraba el cuello de Estefanía, como una brocha que pinta deseo, sus manos en la cintura empiezan a buscarse en todo su cuerpo. Estefanía cerró los ojos, empezaba a dejarse y al mismo tiempo trataba de apartarse, pero Roberto no lo permitía, la tenía atrapada entres sus manos y su lengua, buscaba una pared. La llevó, metió sus manos en la camisa de Estefanía, tocó la fibra de su abdomen, sintió su escalofrió, ese calor que sigue subiendo. Estefanía respiraba más agitada, las manos de Roberto llegaron al sostén y su mano derecha encontró el pezón derecho y jugó con él. Estefanía se aceleró mas, la mano izquierda hizo lo mismo y ahí se quedaron un rato jugando con los pezones de Estefanía que respondía con gemidos, que apretaba la espalda de Roberto entregándose.
Roberto se quitó la camisa y se desabotonó el pantalón, su pene erecto la buscaba, la abrazaba con sus manos, la besaba tratando de quererla y afuera se escuchaba como la gente de limpieza comenzaba a rodar los pupitres y ese chillido hizo que ambos se miraran. A Estefanía le volvieron sus teoremas del amor y estaba sin camisa, Roberto tenía ese espasmo de comienzo; ese sabor a primer lapso, a chicle bomba, a placita. La tomó y ella trataba de zafarse, asustada. Roberto estaba molesto pero ya no había vuelta atrás. Se montó sobre ella, la penetró en venganza a Edgar Alan Poe. Se movía como un varón embravecido y cada vez que rodaban los pupitres su sentido de posesión se apoderaba aún más de él.   Cada movimiento brusco era un reclamo por leer Paulo Coelho, por creer en todo lo que dice Dalai Lama, por los versos tristes que no le gustaban, por su imperdonable ingenuidad.
Estefanía incómoda, asustada, suya involuntariamente; trataba de volver al control pero era inútil. Roberto la seguía penetrando por recordarle a la mujer insoportable que un día no lo fue, por reclutar la ignorancia, por abonar los tabúes. En fin, por ser joven.


domingo, 8 de noviembre de 2015

REFLEXIÓN

Las lágrimas de mi rostro me hicieron huelga un lunes triste, tenía todos los síntomas de una depresión y toda la disposición para llorar. En medio de mi oscuridad, dos lágrimas se me acercaron y manifestaron que lo lamentaban muchísimo, pero que no saldrían hasta que les dijera qué pasaría con ellas después de caer sobre mi rostro.
Por un momento me salí de mi melancolía y reflexioné, ciertamente, ¿qué pasa con las lágrimas después de caer?, ¿qué sentido tiene ser lágrima? Quizás estén todas aprisionadas en mis ojos buscando salir, para luego no saber su paradero ¿Serán felices las lágrimas? Son kamikazes involuntarios de mis desencuentros. ¡Caramba! Mis lágrimas son como espermatozoides sin posible fecundación; corren por mí hacia la nada. Hoy quiero llorar y ellas no quieren salir; y otras veces ha pasado que ellas quieren salir, pero yo no quiero llorar.
Entre tantas preguntas, no pude darle respuesta a mis subversivas lágrimas; así que estas voceras de las demás, de las izquierdas y las derechas, se fueron. Quedaron mis ojos secos, mis párpados sin vecinas. Y fue tanta mi nostalgia que cuando las vi marcharse… lloré.



jueves, 5 de noviembre de 2015

CUARTETO DE CUENTOS CORTOS




LA PRINCESA

¿Por qué lloras princesa?

    Porque me dejó.

¿Quién?

    El sapo, se ha ido y lo extraño. Yo lo quería.

¿Y por qué te dejó?

    Por una rana… No entiendo qué tiene ella que no pueda darle yo…

    Su reflejo princesa, su reflejo.

EL PRINCIPE

    ¿Por qué tan triste, príncipe?

    La princesa no me quiere, llora a su sapo… quizás él es mejor que yo.

    Quizás ella no se siente princesa sino rana, quizás.

EL SAPO

—Te noto distante sapo, ¿no estás feliz con la rana?

    Sí, pero aún quiero a la princesa.

    Y entonces ¿por qué la has dejado?

    Porque siempre he sabido que nunca llegaré a ser príncipe.

LA RANA

    ¿Por qué tan feliz, rana?

    Cómo no voy a estarlo

    ¿Has cazado muchas moscas?

    Más que eso, tengo al sapo conmigo, se lo quité a una princesa y el príncipe compite con mi sapo.

FIN






lunes, 2 de noviembre de 2015

PROXEMIA






Osiel está sentado en la única silla de la habitación donde su mamá permanece hospitalizada por complicaciones respiratorias, consecuencia de su alarmante sobrepeso. Lee un libro. Lleva pantalones marrones, casi brinca pozos, que dejan ver sus medias blancas; zapatos pulidos del mismo color, camisa blanca, lentes. Es delgado como una anorexia. Su mamá, acostada y quejosa, lo llama:
—Hijo, ven por favor, dame un poco de agua. Esta agonía hijo, así no se puede vivir…
Osiel respira. Cierra el libro con lentitud, se acomoda la camisa y va hasta la mesa donde está el agua, la sirve e intenta dársela a su mamá; pero esta se ahoga y se confunde el agua con el sudor que le produce la dificultad para respirar. La mamá de Osiel tose, se pone roja, él se aparta y se detiene a mirar.  El ahogo terco sigue molestando, entonces aprieta el botón para avisar a la enfermera, que minutos después llega:
—Señora Sara, ¿qué me le pasó?, cálmese, venga… trate de poner la cabeza así. Vamos a revisar el medicamento, eso… cálmese (la soba, le da palmaditas en la espalda). Tiene que respirar y no ahogarse con los líquidos
—Ay chica, es que ya no puedo ni beber agua. Cómo me permití llegar hasta este punto.
—Señora Sara no se culpe tanto, mire; lo importante es que siga el tratamiento y la dieta
— ¿Cuándo le toca la próxima pastilla?—pregunta Osiel, sin sobresalto—.
—Dentro de una hora, pero antes debe comer. Ya le traigo la comida— aclara la enfermera—.
—Gracias
—Bueno Señora Sara, ya se le pasó. Cualquier cosa me vuelven a llamar. 
Osiel y su mamá se vuelven a quedar solos. Un silencio largo los contiene.
—Hijo, gracias por cuidarme, sé que soy un estorbo…que me convertí en un estorbo. Ven y dame un abrazo, ¿sí?
Osiel tose levemente, sigue mirando el libro, cambia de página —Trata de descansar no vayas ahogarte de nuevo, voy al baño… ya vengo—, le dice sin mirarla.
Va al baño, luego aprovecha para tomarse un café en la cafetería. Respira, se arregla la camisa y sube a la habitación. Cuando llega, están tratando de revivir a su mamá. Se queda como un espectador, silente y apartado.
—Lo sentimos señor, intentamos salvarla pero fue inútil. 
Salen médicos y enfermeras de la habitación; queda Osiel a solas con el cadáver de su madre. La mira desde la esquina en donde está, se sienta en la silla, se le ven las medias blancas por su pantalón marrón medio corto.  Sus zapatos pulidos del mismo color, su camisa blanca, sus lentes.
Esta vez prende un cigarro y sigue leyendo el libro.
Fin




domingo, 1 de noviembre de 2015

NUEVO LOOK









Cuando quieres hacer algo, no importa lo que le parezca al otro, si esta bien o mal, si te parece a ti, atrévete, que el cabello crece y el shampoo rinde.