viernes, 13 de noviembre de 2015

MIENTRAS RODABAN LOS PUPITRES

Roberto era un creativo de 30 años, desempleado, viviendo de sus últimas prestaciones y de uno que otro trabajo que le salía; recién divorciado de una mujer insoportable que alguna vez no lo fue. Se sentó en un café para tomar una cerveza y olvidar el trago amargo de las aventuras judiciales que tuvo que vivir para quedar legalmente tranquilo.

En su cuarta cerveza una joven lo miraba una y otra vez, alta y hermosa, parecía interesada en él; pero Roberto, que no iba precisamente de cacería, se dio la vuelta. Insistente, la joven se sentó a su lado y le habló.
—Creo que te vi una vez, pero no doy con el sitio. Estefanía, mucho gusto.
—Roberto, yo tampoco doy con el sitio—dijo él sin mucho sobresalto.

Ella se excusó porque debía marcharse pero le dejo su teléfono en un pedazo de papel, Roberto se lo metió en el bolsillo y se dispuso a seguir bebiendo.
Cuando la cerveza número veinte lo encontró, decidió que era hora de marcharse, se fue a su casa donde quedaban restos del litigio de la fulana insoportable que una vez no lo fue. Roberto tenía sentimientos encontrados.
—Cómo se extraña la mierda, qué paradoja— dijo molesto y nostálgico. Para evitar más pensamientos sobre ello, le escribió a Estefanía y quedaron en verse el lunes por la noche. Roberto iba con el mediano objetivo de que; un clavo joven sacaría a uno oxidado y con tiempo en la pared.
Estefanía llegó con una sonrisa amable y conversaciones sobre sí misma que no cesaban.
—Bueno, yo soy nadadora, tuve una revelación, bueno yo lo llamo así, es que fíjate…
Roberto estaba fastidiado pero su casa lejos de ser aburrida, en esos días era una forma involuntaria de venganza de la mujer insoportable que un día no lo fue, porque como en toda ruptura, quedan restos de su presencia mala o buena; así que siguió escuchando el discurso de esta joven que desbordaba precisamente eso:  juventud.
—Yo leí al Dalai Lama, y quedé encantada. Otro que me parece genial es Paulo Coelho… es que ese tipo de lectura creo que enriquecen el espíritu, ¿no crees tú?
Roberto asintió por conveniencia y habló poco. Le parecía hermosa, era atlética y en su cuerpo se notaban las consecuencias de sus entrenamientos. Cuando Roberto empezó a detallarla, se emocionó un poco más y fingió empatía por una lectura que no le gustaba en lo absoluto.
Empezaron a salir con más frecuencia, pero Estefanía ponía muros para el primer beso. Roberto, fuera de entrenamiento en materia de flirteo y conquista, no hallaba como entrarle sin rayar en hambriento o abusador. Ella seguía hablando de Dalai Lama, natación y vitamina C y, aunque no era del todo aburrida y resultaba hasta cálida, Roberto quería besarla; y no fue sino hasta la cuarta salida de cine que Estefanía lo permitió. Estaban viendo una película sobre un delfín discapacitado cuando Estefanía empezó a juntar sus manos con las de él, apartó las cotufas y lo besó. Al principio Roberto se sentía estúpido, completamente estúpido; pero luego dejo que su lengua jugara con la de ella. Como estaban en el cine, era como un break cada cierto tiempo hasta terminada la función.
Roberto regresó a su casa; el beso le gustó, lo redimió con la soltería, lo hizo izar bandera en su cédula.  Besó otra hembra después de ocho años y esta nueva boca era tibia con labios calientes. Comparó en su mente y ganó Estefanía, ganó a juro. Ganó por desconocida, ganó como premio por aparecer semanas después de su divorcio, ganó por tener veintitrés y por leer Dalai Lama y creer todo lo que él dice en su budismo casto. Ganó porque no tenía canas, porque no quería cambiar a Roberto, porque no le conocía las mañas, y aun así, permitió que su lengua y la de él se conocieran.
Le entró un deseo por Estefanía y Roberto empezó a masturbarse, sus imágenes primarias eran con el primer beso, luego recordó la gente, las cotufas, la oscuridad, la timidez de Estefanía. Además ya habían salido como catorce veces, cuatro de ellas al cine, y en esta cuarta el beso.
Roberto abrió los ojos, dejó de tocarse el pene y le invadió una flojera terrible: “y ahora, esto es sólo el principio, qué ladilla volver a conocer a una mujer, jugar al flirteo, esperar para llevármela a la cama”—dijo en voz alta, molesto, obstinado—.
Porque, en cambio, con la mujer insoportable que una vez no lo fue; todo estaba tan hecho, tan de tomar y soltar; tan de mirar y saber de una lo que se quiere, por donde se toca, qué se hace y que no. Con esa mujer que ya no vivía en su casa, con la que había hecho el amor, con la que había tirado, cogido, por ocho años era un camino conocido. Y ahora Roberto se veía, lento y fatigado empezando con una lengua nueva, cuando ya tenía cuadras enteras, una ciudad completa; pero qué hacía poco había firmado para su total devastación.
Aún así, siguió saliendo con Estefanía, que le hacía pasar momentos agradables, y estaba ansioso por estar con ella; pero Estefanía, blindada de prejuicios y precauciones, lo mantenía en un punto donde mantuviera el interés y fueran al ritmo de ella.
Ella empezó a invitarlo a sus espacios, en una oportunidad lo invitó a almorzar en la universidad y se besaron en una placita, en un banco escondido entre árboles. Justo después de esos besos, de ver el morral, de oler a semestre, a Roberto le entraba una terrible sensación de flojera, pronunciar lugares como comedor, biblioteca, profesor, “quiero ser”, lo hacían devolverse mentalmente a su casa y recordar las canas de su mujer que era diez años mayor que él. Recordar que hacía más de seis años que ni siquiera iba a hoteles, ni mucho menos a plazas; mientras Estefanía seguía hablando de todos sus sueños, de sus buenas notas en los parciales y de que adoraba a los perros. El ataque de flojera y ansiedad seguía rodando en la mente de Roberto, con esa frase que lo atormentaba: “cómo se extraña la mierda, qué paradoja”
Para despistar su fatiga empezó a mirarle el cuerpo a Estefanía, era sin duda un cuerpo hermoso y atlético, el gusto poco a poco fue bajando sus prejuicios y al despedirse se abrazaron. Roberto se fue a su casa, escribió un par de líneas para un proyecto que tenía, pero aún quedaban cenizas de la mujer insoportable que un día no lo fue; entre sus papeles encontró una nota “recuerda comprar café, que a ti no te gusta, pero a mí sí”. Siguió hasta la cocina y revisó, todavía quedaba café. Esa nota no era tan vieja y ese café eran los residuos de un detalle de esposos, pero también recordó los gritos y las peleas; también recordó porqué se divorció. El corazón abollado de contradicciones no encontraba qué sentir. La cocina era tierra de nadie, la cama: un cementerio de orgasmos.
Entre tantas ocupaciones de Estefanía, producto de incubar su proyecto de vida, se vieron a la semana siguiente en la universidad. En la misma plaza y en el mismo banco, pero en la noche. Estefanía se recostó de Roberto para aligerar el frío y se dejó, en un desmán de confianza, en los brazos de él. Un farol, mucho verde y una noche llena de grillos hizo que Roberto se abriera un poco más. Empezaron hablando de canciones y literatura, ella extasiada con la electrónica, el invocando a Sabinas, Francisco céspedes, Edgar Alan Poe y Baudelaire. De pronto, una respuesta de ella arremetió contra su devoción al verbo. Estefanía, con un tono existencial bañado de una pobre sabiduría, dijo atentando así en contra de Edgar Alan Poe, y los poetas malditos, y toda la literatura: “Sí, bueno esas canciones son escuchadas y esos libros leídos pero no deberían escribirse, porque son tristes y la tristeza no es buena, en mis libros de crecimiento personal…”
Roberto sintió que del suelo salió Poe a tirarle su botella y restregarle sus miserias, que de un árbol salto Baudelaire a mancharla de tinta negra y redimirse en su oscuridad y que su propio alter ego le gritaba a Estefanía con toda la furia de quien ama la literatura oscura: “¡ahógate nadadora, en tu ignorancia soberbia!”

Pero callado, irritado, con una implosión intelectual. Quieto y sobado por Estefanía reposaba Roberto en silencio, ofreciendo disculpas calladamente a todo aquel, que alguna vez hizo de la lágrima tinta de su inspiración. Trató de reducir el tiempo escapando del tema y dándole importancia a la hora, no quería que notase lo molesto que estaba mientras caminaban juntos. El impacto de aquel comentario lo llevó a la mujer insoportable que un día no lo fue, una mujer devota de Benedetti y Sabina, de los árboles en invierno, de la poesía por el simple placer de las imágenes, sin prejuicios sobre el sentir del autor. Una mujer de vino, de canas, de tragedias griegas; amante de Odiseo, Edipo y Dante. Se fue a su casa profundamente molesto, tristemente molesto repitiendo en su interior: “cómo se extraña la mierda, qué paradoja”.
Roberto trató de reponerse con la distancia. Frescos mensajes de textos iban y venían, hasta el próximo encuentro, esta vez en un café. Estefanía pidió un jugo natural, Roberto una cerveza; como siempre empezaron hablando de entrenamientos, de las medallas ganadas por Estefanía, del nuevo libro de Deep Chopra, luego Roberto llevó la conversación en torno al sexo y ella, haciendo alarde de su discurso, pronunció las frases comunes en ese caso: “Yo no concibo el sexo sin amor, porque es un acto tan especial para mí”…

Y de nuevo, como un fantasma, vino la mujer insoportable en la mente de Roberto, esa mujer que conoció en un café besando a otro, que seductora y hembra, de noche y cigarrillo; se le metió en el pantalón de un tajo. En un parpadeo su pene gritaba al cielo, firme ante un cuerpo que descarado se lanzaba ante él. Y en aquel hotel en la ciudad de los crepúsculos, borrachos de sexo, no tuvo otra opción que enamorarse aquel martes de abril, de esa mujer. De esa testaruda mujer de canas, terriblemente insoportable, que un día no lo fue.
El fingiendo una reverencia, trago la cerveza y dijo: “Claro, así tiene que ser”.

Siguieron conversando, y al final de la velada, sólo un roce de la mano sobre el rostro de Roberto hubo entre los dos, ella con una mirada perdida como una escena de Shakespeare y él agotado de tan poco.
Roberto en sus días siguientes, andaba concentrado en sus escritos y libros, en su desidia voluntaria de comer poco y dormir poco, cuando un mensaje de Estefanía llegó:
“Te pienso mucho y te deseo más, a pesar del poco tiempo, aún siendo un roce pequeño; mi deseo crece y crece mucho. Definitivamente quiero estar contigo, pero el miedo me gana. Un beso. Estefanía”.
Roberto pensó y pensó.  La sorprendió en la universidad con unas rosas rojas, para no perder la costumbre del lugar común. Él llego hasta su salón, era de noche, la última clase de todas las aulas. Ella emocionada lo miró y lo besó, comenzaron a besarse una y otra vez, besos acalorados que Estefanía no logró parar.  Su piel respondía firmemente a las caricias de Roberto, su lengua exploraba el cuello de Estefanía, como una brocha que pinta deseo, sus manos en la cintura empiezan a buscarse en todo su cuerpo. Estefanía cerró los ojos, empezaba a dejarse y al mismo tiempo trataba de apartarse, pero Roberto no lo permitía, la tenía atrapada entres sus manos y su lengua, buscaba una pared. La llevó, metió sus manos en la camisa de Estefanía, tocó la fibra de su abdomen, sintió su escalofrió, ese calor que sigue subiendo. Estefanía respiraba más agitada, las manos de Roberto llegaron al sostén y su mano derecha encontró el pezón derecho y jugó con él. Estefanía se aceleró mas, la mano izquierda hizo lo mismo y ahí se quedaron un rato jugando con los pezones de Estefanía que respondía con gemidos, que apretaba la espalda de Roberto entregándose.
Roberto se quitó la camisa y se desabotonó el pantalón, su pene erecto la buscaba, la abrazaba con sus manos, la besaba tratando de quererla y afuera se escuchaba como la gente de limpieza comenzaba a rodar los pupitres y ese chillido hizo que ambos se miraran. A Estefanía le volvieron sus teoremas del amor y estaba sin camisa, Roberto tenía ese espasmo de comienzo; ese sabor a primer lapso, a chicle bomba, a placita. La tomó y ella trataba de zafarse, asustada. Roberto estaba molesto pero ya no había vuelta atrás. Se montó sobre ella, la penetró en venganza a Edgar Alan Poe. Se movía como un varón embravecido y cada vez que rodaban los pupitres su sentido de posesión se apoderaba aún más de él.   Cada movimiento brusco era un reclamo por leer Paulo Coelho, por creer en todo lo que dice Dalai Lama, por los versos tristes que no le gustaban, por su imperdonable ingenuidad.
Estefanía incómoda, asustada, suya involuntariamente; trataba de volver al control pero era inútil. Roberto la seguía penetrando por recordarle a la mujer insoportable que un día no lo fue, por reclutar la ignorancia, por abonar los tabúes. En fin, por ser joven.


2 comentarios:

Luisana De Sario dijo...

Bravo! Què fuerte fantasma resultó esa mujer insoportable que un día no lo fue.

Karlina Fernandez dijo...

Gracias Luisana De Sario :) creo que roberto se enamoro de una mujer inteligente y creo que las mujeres inteligentes son peligrosas porque pueden ser insoportables pero también difícil de olvidar.