domingo, 20 de diciembre de 2015

La culpa es de la ó, con acento

Era un examen de Matemática, el examen que determinaría si Luís lograría pasar bachillerato, si lograría rayarse la camisa con sus amigos, si lograría renunciarle a tanto número y cumplir su sueño: entrar a la facultad de letras.
En ese examen, en ese lápiz, en ese borrador a la derecha de su miedo y su pupitre; estaba el destino de su próximo año o, por el contrario, el retraso y la continuación de su pesadilla con matemática. Esa piedra en el zapato; esas ecuaciones sin estrellas, ni literatura, estaban a punto de acabarse o continuar. La profesora se aproximaba colocando la hoja de los ejercicios arriba de la hoja en blanco donde empezaría a resolver los problemas. Luís comenzaba, lentamente y con los nervios afilados, a resolver cada ejercicio. La calculadora era su aliada para ese universo de números que tenían en su nomenclatura, el sello de su éxito o su derrota.
Entre tantas cuentas, el lápiz fatigado pide más punta y Luís termina de escribir la palabra “solución”, se para del pupitre y se dirige a la papelera.
Entre tanto en su hoja ocurre algo particular, de la palabra solución, la o con acento baja despavorida hasta las ecuaciones; rueda confundiéndose entre los ceros y le confiesa al número uno que está perdidamente enamorada de él. El número uno, parco pero educado; le dice que por favor se devuelva a su palabra, que este amor inesperado es imposible, que él nació para ser impar y sólo se mezcla entre ceros. La o con acento llora desilusionada; tenía la esperanza de ser correspondida. Sus lágrimas corren por la hoja, todos los números confundidos tratan de protegerse de la lluvia entre las paredes de la raíz cuadrada. El número uno, en un intento por salvar la ecuación, se coloca al lado de la o con acento y le explica:
“Por favor hermosa, deja de llorar y devuélvete a tu palabra. Estás causando confusión entre los números y debemos estar en el lugar correcto para que el problema sea resuelto. Los números y las letras ciertamente deben estar alineados, pero jamás tan juntos”.
La o con acento en su lamento le dice:
“Señor número uno, es que siempre he estado enamorada de usted. Siempre lo he visto y, aunque parece solitario, cada vez que está delante de un cero este cobra un valor increíble. Yo quiero estar cerca de usted, amarlo con este acento mío. Por favor no me ponga punto y final”.

El número uno, serio pero educado, seguía aclarando la imposibilidad del romance y explicándole la consecuencia de haber escapado de su palabra, luego se retiró tratando de volver a su sitio como antes.  Mientras todos corrían, a lo lejos se escuchaba la voz de la ene: “o con acento, ¿dónde estás?”.
A la izquierda de la página, un cero gris mira a la o con acento y le pregunta:
“¿Qué tipo de cero eres tú que tienes el cabello largo”.

La o con acento se presenta y le explica quién es y porqué está allí. El cero gris le responde despectivo:
“¡Por Dios!, ¡qué letra tan testaruda eres!, ¡vete a tu mundo de mayúsculas y oraciones! Si el uno no se te pone a la derecha nunca significarás nada, ¡vamos ¿qué estás esperando?! ¡Vete de aquí!”
La o con acento, ya sin opción, sube llorosa y resignada. Por lo menos si sube, los números volverán a estar como antes y Luís podrá seguir.
Cuando la o con acento intenta subir un lápiz la borra.
Luís está confundido, una vez más los números le juegan una trampa, su corazón late asustado; no entiende el ejercicio. No sabe qué hacer. Las manecillas del reloj apuntan a que sólo le quedan pocos minutos.
Todo estaba bien antes de sacarle punta al lápiz, juraba que lo había hecho bien y ahora duda; duda de la raíz cuadrada, de la X, de los ceros, de sus multiplicaciones. Los maldice, maldice a los números una vez más, los números gritan sin que Luís pueda escuchar: “la culpa es de la “o con acento”.
Luís tiene ganas de llorar, invoca a Dios, blasfema contra él. Mira a sus compañeros, sabe que ya no puede hacerlo. Está bloqueado, está confundido. Las letras de la palabra “solución” comentan entre sí que el pobre Luis no podrá graduarse.
La o al lado de la ele pregunta por qué Luís no va a graduarse y la i, que lo vio todo desde su punto, le contesta:
“Fue tu hermana, es sólo que la ele no te deja ver… se enamoro del número uno y bajó produciendo un desorden. Ahora la borraron de la hoja y Luís no entiende que su problema no fueron los números, sino la palabra solución y el terco amor de una o con acento.

                                                                      Fin