sábado, 2 de enero de 2016

CICUTA



Yo quiero hablar de violencia,
pero esta vez de la mía.
No invocaré a la fuerza masculina como el ícono del opresor.

Las mujeres también golpeamos,
las mujeres también herimos,
mordemos entre palabra y palabra.
No dejamos el ojo morado, le apagamos la mirada;
no solemos engañar por un polvo,
volvemos polvo el corazón.

Yo también he sido mala;
mi inteligencia guarda adjetivos que disparan en tu inseguridad
y… adivina, tengo excelente puntería.

Yo también llego ebria de alevosía a golpear tu ego;
a decirte en voz de soprano, entre subtextos ambiguos,
cuán imbécil te has vuelto
y en qué tipo de cobarde te he convertido.

La agresión pasiva es tan elegante,
cicuta servida poco a poco,
adornada de falda y con pintura de labios.
Seducción degenerativa que te deja a siniestras de mí.

Si, yo también sé lo que es violar.
Yo no necesito encimarme. Simplemente, hago que te sientas bajo.
Y entonces, ya no eyaculas optimismo.
He vaciado el semen de tu propia hombría
y te ves diminuto en todas las  actividades.
Recorro muy bien mi tarea de cuestionarte todo
para que —de vez en cuando— dudes de tu existencia.

Yo no lanzo un solo golpe,
mis manos son tersas como la seda más fina
y, aún así, me temes.

Porque vigilo tus mentiras y hago que dudes de tus verdades,
porque si pensaras en agredirme; la ley, cariño, es ciega y es mujer.
Porque yo cerraría la puerta o iría llorando donde una vecina

En cambio tú, ¿cómo escapas de mi silencio?,
¿a dónde huirías de mis palabras?,  
¿cómo muestras los hematomas de tu identidad?

No hay radiografía que evidencie los moretones que le hecho a tu alma.
Nadie tiene indicios, siquiera, de que te hago llorar
porque los hombres no lloran…
porque ni siquiera tú sabes
que tu peor enemigo tiene manos de seda.

Sí, cariño: yo también he sido mala.


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