martes, 29 de marzo de 2016

CRECER



Déjame sin ti.
Dame la espalda.
Arráncame de un tajo el cordón umbilical. 

Déjame náufraga en la incertidumbre.
Desnúdame en medio de la noche y de los años.
Destiérrame de tus ofrendas, tu oro, tu palacio.

Déjame sin ti, ¡te lo pido!
Quítame el pan y el vino.
Abandóname tambaleando, a mi suerte, en la balsa de mis instintos.

Suéltame. Empújame al viento desde lo más alto de tu montaña.
No llores delante de mí,
no te sientas culpable. No retrocedas.
Déjame ahogarme, que vengan los tiburones a las cinco de la tarde;
que me queme el sol en la piel como me quema  mi incompetencia.
No me abraces en el frío ni mucho menos me cobijes.

Déjame sin ti,
Descalza en las piedras,
hambrienta en la escasez…
así, sola, despiadadamente sola:
única, impar, disoluta.
Que necesito destruirme.
Caminar muriendo lenta, muy lentamente, sin ti.
Y un día, un día vendrán las gaviotas;
sabré entonces que he llegado nuevamente a tierra firme
y que esta vez, la isla seré yo.

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