miércoles, 12 de octubre de 2016

“MI TIA, LA DE LA PLAYA”






Cuando llegaban las vacaciones y mi mamá nos decía que nos dejaría un mes en casa de “su tía, la de la playa” era como si nos dijera que nos dejarían un mes en Disneylandia; porque ir en mi infancia donde mi tía, era ir a La Guaira, jugar con nuestra prima Yuri. Mi prima era hiperactiva, dinámica… inventaba para mí, los mejores juegos. Tenía el cabello largo, los ojos saltones y la risa siempre urgente. Ir a donde mi tía era también comer mamones, pescado, caminar descalza por la lluvia, vivir en traje de baño, comer empanadas frente al mar; jugar era el verbo de todos los días.
Mi tía era hermana de mi papá y, por lo que contaban los adultos, (esos rumores que recuerdas con la cabeza mirando hacia arriba), era la más querida por él y aunque mi tía y mi mamá no se querían mucho, mantenían el contacto protocolar por respeto y por nosotras. Mi tía   era una mujer robusta, negra, alta, de una mirada que pocos la podían mantener. Hacía empanadas, cocía ropa y sarcasmos; su casa era grande como el Mar Caribe y siempre estaba ordenada y muy bien decorada, con ese olorcito a salitre de casa de la costa.  En un anexo vivía su sobrino Jorge, que tenía de mascotas unas culebras y nos mostraba, cada tanto, cómo les colocaba en las jaulas ratones y las víboras sigilosas atacaban al vulnerable roedor.
Mi tío Ángel, esposo de mi tía;  era alto, con su piel color arena, era  mucho más amable y blando que su esposa, me enseñaba a tocar a los cangrejos, cazarlos, quitarles las tenazas y ponerlos a caminar encima de mi piel, por eso para mi hermana y para mí era toda una aventura ir en vacaciones para La Guaira.
            Mis tíos tenían un puesto de empanadas en una playa del litoral llamada “Alí Babá y los 40 ladrones”, donde la verdad en la época de los ochenta, los cuarenta ladrones sólo los veías en el nombre.  Mientras mis tíos atendían su puesto nosotros jugábamos en el mar hasta que se nos arrugaban los dedos y nos pedían salir del agua así que, desprovistas de límites y llenas de goce, nos mirábamos los dedos y reíamos diciendo que el mar nos había puesto viejitas rápido mientras nos devorábamos el almuerzo, la oblea, el día.
De esas empanadas y el sueldo del puerto de mi tío Ángel salieron unas vacaciones para Yuri a Diseneylandia que mi hermana y yo envidiaremos por la eternidad, (ya saben, de esas atrocidades de la cuarta república, cuando una señora que vende empanadas y un obrero del puerto podían reunir y llevar a su hija a EEUU a ver a Mickey Mouse en vivo). Lo cierto es que en esa casa de la playa todo era abundancia. En uno de esos años nació Amanda, segunda hija de mis tíos, y era maravilloso porque significaba tener una nueva compañera de juegos… año tras años eran para mí las mejores vacaciones.
Habían dos cosas que quizás empañaban un poco tanta diversión infantil: mi tía, la de la playa,  era bastante severa y agresiva con Yuri, cualquier excusa valía para acercarle un golpe o varios, para descalificarla en público, en privado, en todos los tonos posibles;  no recuerdo a mi tío ni interceder, ni insistir. Recuerdo que la boleta de la escuela era una ruleta rusa que le valían varios golpes, cuando eso pasaba yo le subía mas volumen al Nintendo, había un juego donde con una pistola tenias que dispararle a unas aves, si no lo hacías del jardín digital aparecía un perrito riendo, yo buscaba que se escuchara más el perrito burlón que la golpiza, la ofensa, el llanto en el cuarto. Mi tía la de la playa nunca nos pegó, era mucho mejor ser su sobrina que su hija aunque te llevara a Disneylandia. No  recuerdo que haya sido demasiado severa con nosotras, quizás  nos peinaba con laca y  exceso de  determinación, el olor a laca es sinónimo de mi tía y aunque yo no era partidaria de que me peinaran ni me arreglaran; nada era más divertido que ir a la plaza de las palomas, comer helados y salir a pasear por Macuto.
Lo segundo que empañaba las vacaciones era que ella nos hablaba mal de nuestras tías maternas, nunca entendí por qué razón siempre, en cualquier momento: mientras nos peinaba con su laca y su furia, nos daba de comer o ya íbamos a dormir, buscaba burlarse o hacer un comentario que a nosotros nos incomodaba profundamente, porque esas tías a las que ella se refería eran las hermanas de mi mamá y también las amábamos como la amábamos a ella, año tras año los comentarios fueron cada vez más insoportables,  hasta que un día  mi hermana y yo nos armamos de fuerza para decirlo y expresar nuestro malestar.  Esa valentía nos valió el lamentable final de las vacaciones, nunca más nos llevaron a su casa.
No sé si mi papá, mi tía la de la playa o mi mamá, o los tres, tomaron la decisión; pero más nunca volvimos a pisar la casa de las quince letras de Macuto, más nunca comimos mamones, ni vimos la culebras de Jorge, ni jugamos con Yuri, tampoco alcanzó para tener demasiada historia con nuestra prima, la más pequeña, Amanda. En instantes mi hermana y yo nos sentíamos culpables. De año en año Yuri, mi prima preferida y Macuto, esa costa pequeña que para mí era Disneylandia, se fueron borrando.
Después de muchos años vi a mi tía en el velorio de mi papá, aún yo era una niña, nos abrazó cariñosa y efusivamente, creo que fue la única vez que nos abrazó y la única vez que la vi llorar.  Mi hermana y yo recibimos el abrazo y entristecimos con ella.
Años de ausencia siguieron pasando, se mudaron de las quince letras, supimos… en el deslave de La Guaira la mitad de la nueva casa quedo tapiada, por unos meses estuvieron separados y volvieron a su casa y la restauraron, supimos… Yuri tuvo un hijo, luego otra niña. Amanda se volvió recreadora, las redes empezaron a ser más poderosas que la sangre, o quizás la sangre y las redes se unieron para que Yuri nos escribiera después de muchos años. Nos manifestó que nos recordaba con mucho cariño así que luego de varios comentarios y likes en facebook, este año nos juntamos otra vez.
 Nos vimos un sábado, al llegar me recibió mi tío Ángel, flaco, alto, amable como siempre, también había un perro negro, peludo y hermoso y una señora que pesaba como 49 kilos, jorobada, de mirada tierna que caminaba y hablaba sin sentido de un lado a otro, a veces cruzaba la mirada, reía y me tocaba y volvía a irse con su mirada tierna pero perdida. Mi tío Ángel insistía en que ella era mi tía, la de la playa…
Entre cuentos para actualizar la vida de cada quien, empecé a sentirme mal, unas náuseas interfirieron en el reencuentro, fui al baño y pude vomitar. Mientras intentaba reponerme, los hijos de mi prima jugaban en el cuarto, escuchaba a Yuri y a mi hermana intercambiar recuerdos y a la señora de 49 kilos de mirada tierna decir en susurro cosas inentendibles. A veces, cuando nombraban a mi papá, ella repetía su nombre con euforia “Carlos” y volvía a perderse caminando de un lado a otro, creo que a mi cuerpo lo que verdaderamente le cayó mal fue la noticia  de un alzhéimer demoledor, ver a mi tía la de la playa, así, vernos a todos de nuevo perdidos en el tiempo. Mientras observaba, mi mente se devolvió a mi infancia: a los mamones, al Nintendo, a su mirada fría, a sus empanadas calientes y deliciosas y haciéndome la dormida lloré, porque creo que nadie se había dado cuenta que mi tía había muerto, mi tía la de la playa. Nunca supe su verdadero nombre, sólo era la tía la alta, maciza, bien acomodada, que vivía en la playa y esa tía había muerto, ya no había rastros de ella; aunque esta dulce señora que no paraba de moverse era más amable y dulce, esta señora llena de manchas, delgada, encorvada, casi sin dientes y en detrimento constante, no era ella.
Fue un alzhéimer prematuro, mi tía tiene 60 años. En los inicios de la enfermedad le hicieron varios chequeos y había sufrido de hipertensión silente y eso a su vez le daño el corazón y el corazón a su vez en algún accidente dormida, le fue quemando las neuronas hasta alcanzar el diagnostico. Quizás de rabia en rabia, de bofetón en bofetón, la tensión se le subía hasta el incendio, pero mi tía tal vez estaba demasiado entretenida en su furia para saber que se estaba matando de ira y activando la herencia de un alzhéimer desconocido.
Qué iba a pensar yo que el día que velé a mi papá también, en el fondo, velaría a mi tía, porque sería el último abrazo que ella sintiese de mí y yo de ella. Lloré el tiempo perdido, lo lloré calladamente mientras los hijos de mi prima jugaban, lloré el tiempo que una irresponsable o abrumadora decisión de adultos y la inercia nuestra provocó una ruptura irreparable de un tiempo que ya no volverá.
Quizás ese sábado cerramos un ciclo y ahora abrimos uno nuevo para no perder más tiempo y compartir nuestras travesías de adultos, para que ese “perrito” del tiempo y la ausencia no siga riéndose de nosotros mientras no apuntamos a la libertad de querernos como familia. Mi tío Ángel dice que sigue con ella hasta el final, que a él no le pesa su mujer, ni hacerle todo; que él la amo, la ama y la amará hasta el día en que descanse. Tan bello mi tío Ángel, tan lleno de mar por dentro, tan carácter de arena y siempre con ese hábito de quitarle a los cangrejos las tenazas y andar con ellos en la piel.



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