jueves, 2 de marzo de 2017

RITUAL




Tu boca fue dulce hojilla.
Tu cuerpo perdido se dispuso en mis manos.
Fui la promesa de un orgasmo que no conocías;
me volviste superhéroe de colchones nuevos
 y volé entre tus piernas abiertas
y le dije a tu sexo que podía mojar.

Tu corazón tenía secretos oscuros
y mis oídos buscaron esas palabras negras.
Me construiste un pedestal con la madera del lápiz
con el que también dibujabas tu libertad.
Me prendiste una vela,
me rezabas con los  besos
y aguardabas de rodillas mientras me hacías sexo oral.

No pedias deseos, los concedías.
“Lo que tú digas”
—era el estribillo que me regalabas cada tanto—
Te volviste objeto, sujeto, pretexto.
Yo te regalé poemas
buscando cubrir de ternura tu eterna tristeza (qué ingenuidad)
Esa que se asomaba en la rendija de tus ojos,
que intentaba despistarme mientras me complacías
y entonces…
Un día, sin previo aviso, nos quedamos las dos mirando el abismo,
ese oscuro vórtice de indiferencia donde me arrojaste desde aquel pedestal
que tú misma me hiciste y en donde me invitaste a subir.


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