sábado, 6 de mayo de 2017

DE VISITA AL NIDO




Son las tres de la mañana, estoy ebria, volví a casa de mi mamá.
Y ella esta como siempre, desconectada
revisando cuando llegué, si había dejado algo desordenado, no notó el inmenso desastre de  mis lagrimas, mi rostro no es la cocina.
En el fondo no hay nido, no hay calor real, pero necesitaba este asilo que no es
este quedarte en algo que esta partido pero al menos perteneces.

La libertad últimamente es una paradoja
Me siento el niño de la calle que busca la calle, ese callejón sin fronteras y lleno de peligro que entendió su casa
y no pudo por muy adoptado que fuera entenderse posible.
No quiero otra madre, ni otros árboles, ni otros gritos
me prefiero sola y en el peor de los casos me prefiero en la calle de mi madre loca de mi madre mala, ahí, dormida y desconectada muy cerquita y lejos de mí
no quiero en realidad que nadie suplante sus arrugas, su maltrato, su olvido.
Es un síndrome de Estocolmo tan hermoso, que no quiero salir de la sala, de su sala que es guarida fría pero conocida.
No quiero que amanezca, no quiero.



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