DE PIEDRAS Y PINCELES




I
San Pol del Mar se llamaba y como así lo dictaba su nombre «en el mar» vivía, en su pueblo le decían: «Tu mamá con ese nombre te condenó a ser lesbiana» porque según, San Pol no era un nombre de niña. San Pol era delgada y adicta a las lanchas, la pesca y el deporte. Desde chiquita miraba de reojo a las mujeres por la playa, era un juego: mirar los pechos y jugar con cangrejos y caracoles.

San Pol del Mar se crio con su mamá y su papá hasta que, heredando la ira de él, se le volcó encima. Su papá era un borracho con esa afición muy machista de pegarle a la mujer y creer que esta es de él como lo es un zapato. San Pol presenció cada una de esas peleas que hacía que su mamá siempre cayera en el piso como cae un boxeador a la lona después de un nocaut. En silencio, San Pol entrenó cada tarde, guardándose la ira en las manos; practicaba boxeo, pesas y alzaba todo aquello que le exigiera mucha fuerza. Ensayaba con pequeñas piedras de la costa y luego agarraba una más grande, hasta que todos lo que la veían se sorprendieron de la última piedra que pudo alzar antes de irse a alzar a su padre.
Cumplía 15 años San Pol del Mar cuando, en vez de bailar un vals con su progenitor, los dos se bailaron a golpes la vida. San Pol danzó con ira y lanzó los puños más feroces contra ese al que alguna vez ella le tuvo miedo. Derribó al gigante borracho de su casa hasta tirarlo al piso, se montó sobre él y los 15 años de tortura fueron derramándose sobre el rostro de su papá. San Pol del Mar no se detuvo, la música de su rabia no se apagó hasta verlo morir. Ella creía que esa golpiza lo haría rectificar, quizás duraría herido un par de semanas, pero la rabia era tan grande como el mar donde vivía. Lejos de toda cordura y con un montón de recuerdos gritando justicia, San Pol del Mar se hizo una mujer matando a un hombre.

          Su madre, desconcertada, miró a su hija con culpa; su hija la miraba como mira un príncipe que acaba de derribar a un dragón, lo que quizás no sabía San Pol del Mar es que hay princesas que de tanto vivir en las llamas del dragón no saben cómo vivir sin ser quemadas; así que, la madre de San Pol del Mar, lejos de agradecerle aquella lucha se fue para siempre.

          La casa, llena de salitre y sangre, muy cerquita del mar y del infierno; quedó con todos los corotos y sus recuerdos hechos trizas. El pueblo aplaudió en silencio la hazaña de la niña y a ese cuerpo nadie lo veló. La policía, esta vez del lado del vengador, miró para otro lado y cerró ese expediente.

          San Pol del Mar, a sus 15 años quedó sola. Luz, una vecina, la ayudó a limpiar la casa y le curó los puños. Cuando el alboroto de su venganza había pasado y los días daban el veredicto del abandono materno, junto a un café y la mesita de su sala, la niña se sentó a llorar mientras las olas del mar fueron la música que acompañaba su nueva y más grande tristeza.




II
          En el mismo tiempo y en un pueblo vecino, Calella también crecía, pero como una princesa. Hija de un respetado capitán de la marina y una madre ocupada en los menesteres de la casa, criaban a una niña hermosa, inteligente y alegre que acariciaba con mayor frecuencia a sus «amiguitas» que a sus «amiguitos». La madre, talentosa para la discreción, reprimía cada cuanto la voluntad de Calella para sus nacientes preferencias sexuales, pero la pintura… el arte con que decidió expresar su inconsciente, la delataba retratando el sexo rosado y femenino de forma constante.

A Calella a los 15 años ya se le mostraban sus novedosas curvas, voluptuosas se mostraban tras sus vestidos mientras su cabello salvaje atendía los caprichos del viento. En una ceremonia de la marina Dios decidió despistarse y Calella, en medio de las instalaciones, curiosa de caminar por los pasillos solitarios; tropezó y cayó al suelo, sola en una habitación. Un alto capitán la miró desde arriba, le tendió la mano, la ayudó a levantarse del traspié y a puerta cerrada le procuró uno que jamás olvidaría. Su virginidad fue estrepitosamente interrumpida por la brusquedad de un capitán con hambre que sin mayor piedad atravesó su sexo y la rompió para siempre.

Calella ya no era la misma desde que salió de esa habitación, rota por dentro y por fuera, amenazada por el capitán de culparla por el hecho. Calella silenció su dolor y continuó, un poco más cubierta, un poco menos niña. Un poco más rota. El agresor cercano a su padre, visitando año tras año la casa, parecía haber olvidado lo ocurrido en aquel desfile; sin embargo, para Calella, fue el día desde el cual no volvió a ver la luz y tenerlo cerca le recodaba cuándo fue que su vida se volvió una noche eterna.

III
A veces los años pasan sin que nos demos cuenta, San Pol de Mar seguía sola en su casa cerca de la playa, atendida por su vecina Luz y su esposo «El negro ciego, pero vidente» quienes ayudaban a San Pol del Mar y le espantaban un poco la soledad. Luz le hacía la cama y le limpiaba la casa mientras San Pol del Mar pescaba o se iba a vender su mercancía. Su esposo, quien después de un accidente quedó ciego, pero paradójicamente veía los espantos de la muerte, le regaló su camioneta y era san Pol del Mar quien les hacía la compra y ellos quienes le hacían la comida y la vida menos encabritada.

          San Pol del Mar eventualmente se encamaba con una mujer, sexo esporádico que no licenciaba a ninguna para creerse trinchera ni mucho menos puerto donde San Pol quisiera anclarse. Una mujer de poder, discreta y algo mayor para San Pol la visitaba a veces, sin embargo, el amor no aparecía por ningún lado. La mujer de poder no perdía la esperanza, teniendo un gran cargo en el pueblo a la única que no podía gobernar era a San Pol.
El negro ciego, pero vidente decía que de tanto alzar piedras y después de matar a su padre San Pol del Mar se volvió una piedra silenciosa, afanada en la pesca. Solitaria. Los viernes mientras casi toda la gente joven se aglomeraba en las fiestas, San Pol del Mar se iba mar a dentro con una caja de cerveza y se quedaba en su bote bebiéndose su propia frialdad.

Cuando la piel se lo pedía salía de su silencio y en vez de pescar peces, pescaba una mujer, sin contratiempo; una que mojara su cama y su cuerpo, que se deslizara como pez sobre ella y hembra y posesiva descansaba en varios orgasmos. Los orgasmos de ella y los que le propiciaba a su amante estacionaria que dejaban constancia en los rasguños de su espalda.

          Calella seguía direccionando su sexualidad hacia los lienzos y los pinceles. Se hizo novia de los idiomas y de un alemán amable que primero fue su amigo enamorado y terco que un día le buscó la boca. Después, con ternura y permiso, le buscó el cuerpo. Calella, se sentía segura en él, Adelmo era un amigo y el hombre que la reconcilió con los hombres, porque descubrió que no todos son el capitán de la marina. Adelmo estaba completamente enamorado de Calella y Calella sintiéndose amada y respetada le concedió la fortuna de un noviazgo que haría feliz a todo el mundo. Decidieron vivir juntos y, a mediano plazo, irse Alemania para que el pudiese seguir su trabajo y ella continuar sus estudios de pintura auspiciada por él.

          En la cama Calella volvió el techo un lienzo mientras le hacían el amor, no encontraba aquello que llamaban «Orgasmo», Adelmo se sentía frustrado y Calella agradecida. Él buscaba todas las formas que podía para complacerla, pero ninguna pirueta, ninguna posición, lograba incendiar lo suficiente a Calella. El sexo se volvía un acertijo, cada uno en su esquina incómodo y abatido, dormían hasta el próximo intento.

          Calella seguía pintando, en ocasiones la tristeza le demandaba el color negro; ese color de la noche, de la sombra, del pozo que llevaba por dentro. Se retrataba a sí misma como un acto de rebeldía, retrataba su vagina como una pregunta, retrataba sus pechos y sus curvas y llovía el color negro. Mientras su madre tapaba sus pinturas y no ofreció mayor respaldo a su talento; su padre estaba demasiado ocupado viajando, o dictando una nueva orden, como para fijarse en las manifestaciones plásticas y sexuales de su hija.

IV
          El verano calentaba las costas de esos dos pueblos, calentaba a la gente, y era fiesta cualquier cuadra. Adelmo, nórdico y enamorado de Calella y de las playas del pueblo, insistía en participar en la alegría del promedio; celebrar de mano de su amada cualquier fiesta, pero Calella miraba el mundo desde otro punto de vista. Se ahogaba en ella. En medio de un festín, miró a todos como en una película sin audio y correr le pareció el verbo más atinado. Su pecho sentía una presión tan honda y un llanto tan profundo que soltó de un tajo la mano de Adelmo y corrió llorosa hasta perderse en la noche. Corrió y corrió como escapando de sí misma. Tentada por el mar después de kilómetros y kilómetros donde ya las luces de su pueblo parecían pequeñitas, se metió en el agua. Un agua nueva para nada mansa que, agresiva, buscaba ahogarla.

Calella luchaba por vivir y por dejarse vencer por el mar, la vida y la muerte jugaban con ella. Miraba las estrellas y segundos después miraba un mar negro como sus lienzos. La vida entera se le cruzó en segundos y una mano, como si fuera Dios, la sacudió y la haló hacia arriba. Sin darse cuenta ya estaba en una pequeña lancha con la luna de farol, acostada en frente de una mujer joven con el ceño fruncido; esperando a que Calella se repusiera de la estampida.
—Gracias, mi nombre es Calella, ¿el tuyo?
—San Pol Del Mar. Disculpa si te interrumpí el suicidio, pero no quiero muertos en mi playa
—La verdad… no sé si lo era. La verdad no sé por qué me lancé
—Entiendo, ¿quieres una cerveza?
—Gracias, ¿y tú qué haces aquí a esta hora?, es muy loco
—Vivo allá. No estamos tan lejos de la orilla, solo que el mar está bravo. Es mucho más loco ver una mujer a esta hora por aquí, generalmente están en el ruido y no retando a las olas.
—Justamente de lo que quería escapar
—Razonable
—Imagino que vienes aquí escapando de lo mismo, el ruido.
—Imaginas bien, pero voy a tener que regresarte a tierra, tiemblas como un pez recién pescado

          En la arena, Calella y San Pol del Mar fueron a casa de San Pol. Calella temblaba por el frío, pero la casa fue fogata. Miraba encantada la colección de piedras de San Pol mientras San Pol hacia un té para insistir en que no se asomara un refriado. Calella la observó desde donde pinta: San Pol con la musculatura exacta y la piel tostada, un jean mojado hasta donde el mar se volvió orilla y una camisa sencilla mostraba un cuerpo que Calella quería tocar… tocar sus brazos, tocar su espalda, oler su cuello. No hacía falta un té, mirar a San Pol fue la mejor calefacción. Suspendida en la contemplación y la ansiedad, cuando San Pol le acerco el té, Calella lo que vio es que se acercó una boca y una cara hermosa que quería dar la impresión de seria. San Pol, experta en miradas llenitas de deseo, la miró con su vestido mojado que dejaban ver sus pechos medianos como pequeñas manzanas. Calella tenía un cuerpo mojado y hermoso tentando el momento, la tensión sexual aumentaba; pero quien saltó primero fue Calella, tenía 25 años esperando el momento. Le tocó los brazos y aparecieron escalofríos, le besó la boca y su vagina mojó tan rápido que se sintió puta, pero ahorcó al prejuicio. Lo venció quitándole la camisa a San Pol del Mar, miró los senos de una mujer por vez primera más allá de los suyos y se le hizo agua la boca. Quiso torturarse besando el cuello primero, el corazón disparaba latidos, su sexo estaba de fiesta. Llegó gloriosa a los pechos grandes de San Pol del Mar, los chupó como se chupan las frutas dulces en verano, le desabotonó el pantalón, metió su mano y descubrió que sentir a una mujer mojada la excitaba como nunca antes se había excitado.

San Pol, siempre acostumbrada a saltar primero, se dejó en la fiesta novata y talentosa de Calella, que dominante y hembra tocaba las tetas de San Pol, el abdomen de San Pol, las caderas de San Pol, y bajó hasta su sexo. Su lengua políglota estrenó otro idioma, el sexo oral. Ahí se quedó fascinada de lamer, de chupar y escuchar a San Pol gemir. Cada cuanto la miraba mientras su lengua ágil la seguía complaciendo, Calella estremecida quiso quedarse ahí para siempre. Un grito final, esta vez para nada masculino, la graduó en el arte de complacer una mujer. Le había dado un orgasmo a San Pol del Mar y caliente y orgullosa se estrenaba en la gloria.


          Fue solo el principio de la noche, Calella quería seguir probando a San Pol del Mar por todos los espacios de su cuerpo por donde fuera posible. San Pol del Mar le tomó la mano llevándola a su sexo para ser penetrada. Calella, inexperta, lo hizo con mesura; sin embargo, desde las instrucciones sedientas de San Pol entendió el ritmo y la forma. Se estrenaba en estar dentro de una mujer, de mover sus dedos dentro, de sentirla húmeda, suya y jugar a tocar las fibras donde podía explotar otro orgasmo. Calella completamente caliente, San Pol llena de varios orgasmos, tomó esta vez la iniciativa y como loba se montó sobre Calella. Se movió sobre ella, tocó sus pechos, los llevó a su boca, la penetró con ahínco y posesión. La puso en cuatro y entre sus nalgas se montó; la penetró, la penetró tantas veces de tantas formas y por todos los lados donde el deseo le pedía. La volteó para chuparla, para devolverle el favor de la lengua en el sexo, en los senos, en la piel. Calella era suya y el cuerpo lo entendió.

Mojado con la lengua de San Pol del Mar dentro, de pronto, ocurrió el milagro lascivo: Calella repleta de escalofríos, templando en las ganas, dejada en la lengua y las manos de San Pol del Mar tuvo un orgasmo. Se escuchó gemir como una gata, como una loba, como una hembra sin control de su propio cuerpo. El llanto, el miedo, todas las emociones la sacudían en ese orgasmo. Era nuevo gritar tanto, era nuevo sentir tanto y agotarse feliz en un cuerpo que pudo sentir el final del trayecto… por primera vez.

          San Pol y Calella se abrazaron, como se abrazan las mitades de una misma herida. Calella lloró la victoria del placer, San Pol lloró sin saber muy bien porque lloraba… pero lloraron juntas. Mojadas de llanto y sexo, abrazadas a un silencio muy parecido a la paz.

—Es primera vez que tengo un orgasmo— dijo una nueva Calella.
San Pol del Mar la abrazó más. Se le escondió en el cuello como agradeciendo, respondiendo desde la ternura y los besos esa primera vez… San Pol también estaba desconcertada, quizás no podía verbalizar qué había sido nuevo en ella, pero todo parecía indicar que esta vez el corazón también estuvo en la cama y no se quedó en la ropa como solía pasar.

          Llegadas las últimas horas de la noche, casi a punto de que el amanecer se asomara, comenzaron las conversaciones, igual de íntimas y nuevas. Sin saber por qué, ni cómo, la confianza desnuda dejó que ambas se contaran sus tristezas quinceañeras e irreversibles, historias escondidas y siempre silenciadas en ellas; pero que esta vez encontraron el momento perfecto con la persona idónea para contar en primera persona la herida que retaba el tiempo… porque siempre, siempre ardía.

          Cuando amaneció desayunaron sexo oral y un café cargado, pero minutos después Calella se dio cuenta que había pasado un día y medio desde que había desaparecido. Alterada se vistió:

—Me tengo que ir, todo esto ha sido maravilloso, pero seguramente están preocupados por mí. Ya avisé que estoy bien, pero tengo un montón de explicaciones que dar.
—¿Volverás?
—Sin duda alguna. No puedo no regresar.

Se despidieron con un beso, San Pol del Mar se quedó a contemplarla hasta que se perdió en el paisaje. Ese día la sonrisa era parte de la pesca, todo fue tan inesperado y maravilloso que en ocasiones dudaba si lo había vivido o lo había soñado.

V

          Calella al llegar, experta en evadir, pudo malabarear las preguntas y salir airosa de cualquier duda. Sin embargo, al bañarse, libre de preguntas, familia y novio bonito; venían con un impacto estremecedor los recuerdos. El sexo de San Pol, los pechos de San Pol, los gritos de San Pol. La ducha fue cómplice de la excitación, Calella se masturbó sin contratiempo. Las imágenes la perseguían y amenazaban con siempre mojarla cada vez que pensara. Salió del baño y se vistió para una cena con su novio.

          Calella ya no era la misma, sentía que si lo miraba fijamente a los ojos el descubriría que las peripecias del sexo habían arrojado un orgasmo bajo las caricias de otra mujer y que, sin saber por qué, no podía dejar de pensarla.
En medio de una ensalada la culpa apareció, el engaño no era un hábito de Calella, sin embargo había pasado. Lo había engañado a él, al buen hombre de Adelmo, el único hombre que ha sido maravilloso; el detallista, el caballero, quien siempre cedía, toleraba sus estados depresivos, sus temporadas de sequía sexual y el orgasmo nunca escuchado. Entre la culpa y volver a la playa de San Pol, se le estallaba el corazón a Calella.

          Entre la disputa, ganaron las ganas y el miércoles se apareció de nuevo. San Pol la recibió con gran alegría, pasaron el día juntas, Calella acompaño a pescar a San Pol y esta le mostró su colección de piedras. Calella llevó los dibujos de los que se sentía más orgullosa y entre cervezas, sexo y lápiz, no dejaron de hablarse y tocarse. Calella le regaló un dibujo, San Pol del Mar una de sus piedras preferidas.

          Desnudas en la cama Calella lanzó una piedra dura, dijo que tenía novio. De repente San Pol sintió un golpe en el pecho, las puntas afiladas de un triángulo estaban cantadas. San Pol del Mar no sabía qué decir, tampoco cómo reaccionar.

—¿Lo quieres?
—Sí, no de la forma en que debería, pero es un buen hombre
— Imagino
—Teníamos planes de irnos a Alemania.
—¿Tenían?
—Ahora estoy enredada, sin saber qué decisión tomar. Es muy fuerte lo que siento por ti, es muy inmediato y certero… pero es así.
—Creo que debes irte, te llevo a tu casa. Con mar de leva no es bueno navegar.

San Pol del Mar se vistió y decidió llevarla en su camioneta, el camino era largo y espeso. Calella, perdida y culpable por todas partes, intentaba tocar a San Pol; pero ella se mantuvo seca y silenciosa, no atendía directamente sus caricias aunque las permitía.

          Calella salió del carro sin poder besarla, estaban muy cerca de la casa de donde vivía Calella con Adelmo y temía que la pudiesen ver.

          —Lo siento— Exclamó Calella con la mayor de las tristezas. San Pol aceleró con toda la furia su camioneta llevando la rabia en el volante. No contempló un imposible, y menos que su adversario fuese un hombre.

San Pol llegó a su casa, se preparó un café, se sentó en la mesa y después de muchos años volvió a llorar. Lloró como un niño que se pierde en el parque, lloró con las vísceras y con el pecho; el pecho que se le abría y le vomitaba el corazón, ese corazón de piedra de tanto llorar se fue volviendo carne ardida… dolor en llamas. Lloró como lloró a su madre, como lloró la culpa, como lloró de nuevo el amor y el abandono.

          San Pol del Mar volvió su casa trizas porque le iba mejor la rabia que el llanto, cada silla tirada era un recuerdo y la imaginación negra de ver a Calella durmiendo con otro. Nada más doloroso para el amante que imaginar el objeto de su amor en brazos ajenos, miraba la cama y miraba a Calella al lado de Adelmo; imaginaba a Adelmo teniendo esos pequeños detalles posesivos que solo dos amantes, en la intimidad de su cama tienen… como tocarse el pie en medio de la noche o verla desnuda, excitada y abierta. Su imaginación era el enemigo y la casa lo pagó muy caro. El destrozo se escuchaba en la casa de Luz y esta, cuando sintió que había dejado de pelear contra su propia ira, fue como siempre y en silencio a llevarle comida y a recomponer la casa. Esta vez San Pol del Mar estaba dormida. Llorar agota y pelearse con el feroz animal de los celos también.

—La niña lloró, negro, años sin verla así…fue esa otra muchacha que vino
—Sí, es el amor que vino a visitarla
—Ojalá se le pase, negro
—Prepara más vendas. A ese amor le faltan más batallas, mujer…

          Ciertamente le faltaban más batallas, la primera era vencer la distancia. San Pol del Mar no quiso ver más a Calella. Bajo esas condiciones, no.

Calella ya tenía planes de irse a Alemania y así lo hizo. La inducida cobardía femenina la llevó a quedarse con el hombre bueno… con el nórdico caballero que amable y enamorado la complacía en todo, la dejaba pintar y no le exigía mucho. En el fondo Adelmo sabía que su mujer era de otra, que la culpa es buena estrategia para no romper pactos y que las regalías y la amabilidad tenían que ser pagadas (sin querer) con estar a su lado, porque, ¿cómo una mujer puede dejar a tan noble caballero?, un pobre hombre bueno que lo único que ha hecho ha sido amarla y ella tan mala, ¿cómo osaría dejarlo? El escarnio moral la acosaba y el recuerdo de San Pol del Mar también, pero si algo no podía ser Calella era desagradecida y si hay algo que no quería Adelmo era afrontarla y dejarla ir.

          San Pol seguía pescando, haciendo sus habituadas labores, sin embargo por las noches un estrenado dolor en el pecho la hacía sufrir, el recuerdo de Calella la hacía llorar y al mismo tiempo la calmaba hasta que dormía, la nombraba en la mente: «Calella, mi amor”. En Alemania pasaba lo mismo con San Pol del Mar, Calella se bañaba para llorarla sin ruido, al acostarse intentaba evitar el acto sexual; pero cuando el tiempo y la insistencia así lo pedían, Calella descubrió que el techo, ese lienzo que siempre fue blanco, ahora tenía una pintura hiperrealista de San Pol Del Mar y la imaginación y el recuerdo la hacían funcionar. Cuando todo se apagaba en el rincón de la mente, Calella decía lo mismo: «San Pol, mi amor», e intentaba dormir.

—La niña está triste, negro          
—Solo la calma la visita
—¿Qué visita? si a San Pol no la visita ninguna mujer últimamente
—La otra niña… ¡sí!, todas las noches esa niña viene
—Negro, ¿qué dices?
—Tú sabes que yo no veo cuerpo, que yo veo espantos, y a veces no están muertos, a veces la gente cuando el cuerpo no le funciona, el alma se le sale y se va a los sitios en donde debería estar. Esa niña viene todas las noches y se le acuesta al lado… y solo cuando ella llega es que San Pol del Mar deja de llorar y se duerme.
—Tú y tus cosas, negro, tú y tus cosas.

VI
Dicen que la venganza no es virtud, que se aleja definitivamente de la nobleza porque le quita el trabajo al karma o a Dios. Que los seres humanos debemos dejar en manos del misterioso creador los malabares de la justicia o, en su defecto y para cosas más pragmáticas, creer en las leyes de una nación y de sus cooperantes.

San Pol del Mar no entendía muy bien este designio y pidiéndole ciertos favores a la mujer de poder que, enamorada de San Pol, accedió con temor; San Pol emprendió una rutina de cacería muy bien planificada, y entonces el agresor ahora sería el agredido.

          Cada día y como un camaleón San Pol empezó la rutina de aprenderse los horarios, los hábitos y las direcciones de quien fuera el agresor de Calella, así; después de dos meses de estudio, una noche en donde Dios se hizo el loco, el agresor, aquel capitán que daño los quince años de calella fue golpeado en la cabeza y amordazado. Cuando despertó unos puños en silencio le daban en la cara en una habitación, la misma habitacion que hace diez años el eligió para violar a una quinceañera porque sabía que por ahí a cierta hora nadie está y nadie vigila. Se encontró desnudo, a oscuras, llenito de miedo.

Cesaron por un momento los golpes. Un silencio negro se posicionó, un silencio incómodo, expectante, sólo se escuchaba la respiración fallida del capitán; cuando la recuperó, cuando se sintió consciente y los golpes en la cara dejaron de doler, y preguntó: «¿Quién eres?»— muy asustado— sintió un bate, que generalmente les pega a las pelotas para sacarlas de un campo. Esta vez el bate fue un golpe seco, duro que aterrizó en su pene y sus testículos. El capitán lloraba, lloraba de dolor, y lo que no sabía es que ese golpe seco se iba a repetir hasta que sus órganos sexuales quedaran destrozados. Y el bate quedó enterrado en el culo del capitán y una piedra pegada a la mano con tirro decía: «Más Nunca».

          San Pol se fue llorando, el llanto de él le recordaba el llanto de Calella, el dolor de lo sentido. Desde que lo supo el dolor de Calella era su dolor, quizás era una forma de aferrarse al recuerdo.

— Mujer, llegó la niña, la niña vino con la muerte. Anda corre, algo pasó
—¿Qué pasa negro?, ¿qué viste?
—A la muerte negra, a la muerte otra vez en los puños de la niña

Luz corrió a la casa, no hacían falta explicaciones, los puños hinchados respondían las preguntas; pero Luz, leal y llorosa, volvió a agarrar las manos de San Pol para limpiárselas de muerte y se fue a su casa a rezarla y a pedirle a su Dios que se la perdonara.

VII

El capitán quedó vivo y el accidente corrió en silencio como corren los rumores en el pueblo, siendo cercano al padre de Calella, ella supo lo que ocurrió. El capitán no quiso poner la denuncia para evitar el escarnio de las declaraciones, ¿cómo podía decir que fue violado por un bate y que su pene ya no servía para nada? Cuando se lo contaron a Calella y le dijeron que su «casi tío» fue atacado y que el agresor dejó una piedra marcada con un «más nunca» supo en seguida quién había sido; aunque todo el mundo apuntaba a que era algún cabo ex militar al que quizás el capitán le impidió la carrera.

Cuando el alboroto y los comentarios sobre el accidente del capitán cesaron, porque algún otro acontecimiento lo superó en amarillismo; San Pol del Mar, terminaba un día de llegar en su camioneta, entró a la casa y allí estaba Calella.

          - Luz me dejó entrar, sé lo que hiciste

          San Pol no respondió, al menos no con las palabras. San Pol del Mar le buscó la boca, se le fue encima con sed y con amor, la ropa interior de Calella salió antes que su vestido; la tomó por las nalgas, la empujó hacia la cama, le buscó los pechos para chuparlos. Calella, caliente y suya, se dejaba como probando de nuevo la gloria. San Pol la penetró, le tocó el clítoris, ese pequeño instrumento de placer alojado en la vagina como el trampolín del deseo. Calella se corrió de inmediato mientras miraba a San Pol del Mar; San Pol del Mar también se corrió mientras se movía en las caderas de Calella.

Estaban hambrientas, desahuciadas por los seis meses de distancia, sin poder desprenderse una de la otra, moviéndose mojadas, apareándose las tristezas que empezaban a sanar.

          Calella había dejado a su nórdico novio que la lloraba y la maldecía, la maldecía y la lloraba; porque no pudo ni con todo el dinero, amor y atención, retenerla más tiempo.

          El amor es relativo, cada quien se lo inventa o lo imagina de la forma en que se lo dieron o de la forma en que le faltó, los estudiosos del crecimiento personal apuntan a que el amor es dar, como en la novela de El Principito, entendiendo que no debes arrancar la flor si la quieres; sin embargo, los cimientos de algunas flores vienen de la tragedia y con tragedia florecen, como la Lirio Cobra: la primera flor en aparecer después de la bomba de Hiroshima.

          Para San Pol del Mar, el amor tenía que ser ganado y así como el alemán apostaba al silencio y el buen vivir, San Pol apostó sin darse cuenta por abrir las heridas y vengarse de quien las había producido. El guión de sus 15 años se había repetido pero esta vez la hazaña le había devuelto el amor y la herida se volvió cicatriz. Calella, viendo que su agresor fue agredido y su violación fue vengada, se fue a los brazos de su vengadora; esperando que su ex novio pudiese encontrar una mujer que lo amara para que no sufriera, pero no podía evitar irse tras San Pol del Mar, porque la fuerza del agradecimiento la superaba, porque si hay algo que no puede ser Calella es desagradecida.

San Pol del Mar dejó de coleccionar piedras y Calella cambio el color negro de sus pinturas por el azul. Y empezó a pintar el mar.
           

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Comentarios

ricardor ha dicho que…
Guau quede satisfecho Karlina, soy gay de un poco leer, pero empecé a leer y no pude parar hasta terminar, te confieso me sentí identificado con calella, me hiso sentir tantas cosas, me conecte con sus sentimientos, eres grandiosa karli
Karlina Fernandez ha dicho que…
Ricardor Gracias querido, te mando un gran gran abrazo
Anónimo ha dicho que…
...ay Dios , seria inapropiado decir todo lo que me acabas de provocar San Pol del Mar ??
agradecida nuevamente
Karlina Fernandez ha dicho que…
No, Digalo con confianza para eso esta hecha la literatura para provocar
Carlos Roa Viana ha dicho que…
Genial, tu relato. Ni le falta, ni le sobra. Muy sutil y a la vez muy fluido. Lo disfruté mucho. ¡Mil felicidades!
Karlina Fernandez ha dicho que…
Gracias CarlosRoa Viana gracias por leerme que bueno que te haya gustado :)
Ericka Pineda ha dicho que…
Y tu crees que el amor que surgió de tan sublime y pedido sexo puede aguantar la distancia hasta q sea la hora de verse? Ame tu relato sexual, me excite! El cuerpo y el corazón hasta q termine llorando... felicidades karlina!