UNA PROTESTA EN NAVIDAD



UNA PROTESTA EN NAVIDAD

 

    La Navidad se divide entre quienes aman las festividades y quienes no están de acuerdo con ellas. Yo estoy en el grupo de quienes gustan de ella, con algunos matices y protestas. La Navidad me gusta porque incentiva el reencuentro, se gesta un ambiente de agradecimiento y se le da espacio, con un rigor entusiasta, a encuentros que en otras fechas o meses no tienen prioridad. En el calendario, la fiesta está agendada; incluso en el trabajo hay un día en el que no solo se baila, se bebe y se come (y, si se pasan de tragos, puedes ver a la de Recursos Humanos besándose con el de Contabilidad), sino que las empresas regalan a sus empleados desde una cesta de comida navideña hasta un concierto de Dua Lipa. (Hay vacantes en la empresa que da un concierto de Dua Lipa).

    Como todo, el lado oscuro decembrino es el consumismo desbordado. Las calles del centro de Madrid, por ejemplo, se abarrotan hasta el punto de no poder caminar con fluidez; las tiendas se juegan el mejor mes de ventas. Es una estampida de gastos, sí, pero también, a mi modo de ver, un culto al detalle: un instante para sentarse en el agradecimiento y celebrar que tienes amigos, familia, pareja y amor propio.

    Mi protesta tiene que ver con el tratamiento que se le da a la soledad voluntaria. Parece casi vergonzoso vivir solo, pasar Navidad y Nochevieja solo; no está bien visto que la soledad sea otra forma de hacer una fiesta o de atravesar la Navidad.

    Desde noviembre tuve la dicha de tener a mi hermana y a mi sobrina en casa, de viajar a París con ellas, de visitar cuantos centros comerciales y parques infantiles había, de comer y beber. Desde su llegada y su partida no he parado de estar en cenas, almuerzos, encuentros y celebraciones con amigos y amigas. Cada encuentro ha sido un desborde de comida y risas, como un resumen fortuito de lo que nos ocurrió en el año. Pero hoy, en el salón de mi casa, con un pijama de invierno de Stitch, paso el día 25 conmigo: sentada, mirando Modern Love, con un equipamiento de comida salada y dulce, en esta tranquilidad que he construido a pulso de límites, prosperidad y decisiones.

    Sin embargo, los mensajes genéricos que me envían no paran de insistir en que “esperan que estas Navidades esté con mi familia, o amigos, o pareja”, y la sensación que me dejan es que, aunque me siento bien estando sola en mi casa, vestida con un pijama de Stitch, comiendo y viendo películas, pareciera haber algo malo en mí. La misma sensación me han dejado las caras de quienes me preguntan: “¿Con quién voy a pasar el 24 y el 31?”, y yo digo que los pasaré conmigo.

    Una mirada innecesariamente compasiva invade al otro y yo, que voluntariamente decidí pasarlo sola, me siento mal, porque siento que mi respuesta les hace pasar un momento bochornoso, como cuando le preguntas a una mujer: “¿Cuántos meses tienes de embarazo?” y resulta que no lo estaba. Bueno, mi soledad pareciera asemejarse a ese momento incómodo.

    Y así como quienes están casados a veces quisieran estar solteros, quienes la pasan con su familia sueñan quizás con pasarla fuera. No niego que en ocasiones la ausencia del “otro” puede resultar asfixiante, pero este año, en este momento, no. El año pasado, por ejemplo, lo pasé con una amiga en Noruega porque tenía la necesidad de compartir estas fechas con alguien a quien quisiera mucho y con quien me sintiera bien. Este año quise estar sola, porque es una soledad serena: una que viene venciendo las tentaciones de amores innecesarios; que viene decorando una casa pequeña en el centro de Madrid, ganada a pulso y después de veintisiete mudanzas; que respira un poco más de prosperidad que el año anterior; que encuentra formas de derribar la ansiedad; que se inscribió en boxeo; y que da caminatas por la calle del Prado cada día, como a las diez de la noche, para apaciguar su hiperactividad.

    Es una soledad —esta, este año, este día— bonita: que habla sola, que se ríe, escribe y canta mientras baja las escaleras a botar la basura; que ya no se monta en idilios precoces ni espera el mensaje ansioso de nadie. Entonces, ¿qué tiene de malo pasarla conmigo? ¿Por qué en todos los mensajes no hay un párrafo, al menos una oración, que enarbole la soledad cuando esta viene del cultivo del aprecio personal y la calma?

    He querido para el 31 irme a un restaurante bonito y cenar, pero temo que, al estar sola en la mesa, primero no me den la reserva y, segundo, que si me la dan me vea sometida al escrutinio de los otros, que sentirán que no encajo en el festín colectivo, y yo tendría que hacer un esfuerzo mayor por convencerlos de mi individual felicidad.

    Podría decirle a alguna o varias amigas que me den acogida, y estoy segura de que aceptarían a esta lesbiana chistosa para brindar y atragantarse de uvas con su familia. Pero no quiero, porque este año quiero estar sola, conmigo, con la lesbiana chistosa que se siente bastante bien consigo misma como para preguntarse qué quiere para el 2026, aparte de quitarse los diez kilos de más, porque ya bastante tiene con el estigma de que una mujer sola es infeliz como para que un día vaya por la calle y le pregunten cuántos meses tiene de embarazo.



Instagram: @karlinakte

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Impecable!

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