VOLVÍ AL BOXEO


 


VOLVÍ  AL  BOXEO

Vuelvo al boxeo. La báscula y mi salud mental me lo piden. Entro, y entro sin ganas. Mi cuerpo siempre ha sido para follar y trasladarme.

Abro la puerta, se escucha al entrenador, huele a sudor. Hay más hombres que mujeres y los hombres sudan, sudan, sudan. Salpica la testosterona.

Me esquino lejos, me molesta el ruido de los quince seres humanos sudados donde solo dos son mujeres. Mi entrenador me divisa:
—¡Karlina, entra!
Me acerco, comenzamos a calentar. Hay música de hip hop esta vez. Mi entrenadora del turno de la mañana está, me abraza con alegría:
—¡Volvió el sabor!
Me río, la abrazo, también me alegro de verla.

Movemos las piernas, los pies, los hombros, el cuello.
—¡Vamos chicos, vamos! —insiste el entrenador.
Mi cuerpo busca todas las formas de hacer menos.
—¡Vamos Karlina, vamos! —replica mi entrenador, que ya me conoce.

—¡Sombras, chicos! —ordena el entrenador.
Eso significa que debes ponerte las vendas. Las mías son del color del arcoíris: un poco sí, voy a pelear, que sea contra la homofobia. No sé de dónde venga el nombre “sombra” para llamar al simulacro de dar golpes: uno, dos, tres, derecha, izquierda, jab, gancho.

El entrenador nos coloca en dúo. Me pone con un compañero, da las instrucciones, instrucciones que nunca me sé; el compañero sí, me tiene paciencia.

Se acaba el fantasma, el simulacro, la sombra.
—¡Los guantes, chicos!
Me coloco los guantes. El entrenador explica los golpes que practicaremos. No puedes pegar de verdad, solo si estás federado, pero es un acercamiento muy próximo. La adrenalina comienza a activarse en mí. Un golpe, otro, esquivo, voy.
—¡Muy bien, Karlina, vamos! —me grita el entrenador.

Me gusta el sonido del golpe, del otro. Mi compañero me cuida, es respetuoso. Los golpes se dan en el guante: él los recibe y luego yo. Puedo sentir la diferencia de su fuerza, es hombre. Cuando recibo el golpe yo, mi guante tambalea.
—¡Fuerte, Karlina, gana resistencia o te vas a lesionar! —replica mi entrenador.
Resisto. Cuando doy el golpe me sale la furia.
—¡Muy bien! —me dice mi compañero.

Tres minutos dura el baile de dar y recibir, dar y recibir y descansar. Tres minutos donde mi ira va bailando entre mis puños.

Viene un ejercicio más fuerte, hay un tercer invitado: el saco.
—Chicos, trabajemos velocidad. Vamos, treinta segundos en el saco cada compañero.
Tengo la adrenalina arriba, quiero golpear, golpear, golpear. Mi propia violencia baila y mi cuerpo hace todo por llegar a los treinta segundos. Suena el pito. Toma el saco mi compañero. Siento la fuerza de sus golpes sin ser lastimada. Él suda a gotas que caen en el piso. Vuelvo yo. Mi cuerpo está agotado, mi mente quiere más y más y más, busco en mis pensamientos escenarios que me generaron malestar en la semana y ahí consigo la resistencia:
el comentario odioso del conductor del bus: ¡Joder, te quedaste en la puerta, pasa! PUM.
Ayer iba a hacer la compra y dejé la cartera. PUM, PUM.
Ve mis estados y me deja en azul, menuda carajita, qué desilusión. PUM, PUM, PUM, PUM.

Vuelve mi compañero, vuelvo yo. Treinta segundos de más golpes. Pensándolo bien, no tengo tanta ira.
—¡Vamos, Karlina! —sentencia mi entrenador.
Mi cuerpo no me responde, mi mente está excitada.
—¡Vaaaaamos!
Sudo, sudo, sudo, me pongo roja, necesito administrar el aire. Vuelvo a mi mente:
¡Quiero más dinero! PUM, PUM, PUM.
No hay nada bueno en Tinder. PUM, PUM, PUM.
¿Cómo se le ocurrió a la testigo de Jehová darme ese panfleto? PUM, PUM, PUM.
Trump habló bien de Delcy. PUM, PUM, PUM, PUM, PUM.
—¡Eso, eso, bien! —dice mi compañero.

—Descansen un minuto, chicos.

Camino por el cuadrilátero, respiro, tomo agua, mucha agua. Me quedo quieta, respiro, sudo, sudo, mi cara está roja. Respiro. Mi cerebro está bailando.
¡Podemos lograrlo todo, carajo!, dicen mis neuronas mientras bailan “Flowers” de Miley Cyrus.

—De nuevo chicos, ahora quince segundos de velocidad. No quiero golpes de fuerza, quiero velocidad —dice el entrenador.

Mis manos están agotadas, subirlas me cansa. Imagina lanzar golpes repetidos de forma veloz.
—¡Vamos!

Imagino a Delcy Rodríguez, al cliente que pide descuento, a todos mis límites y mis complejos.
PAM PAM PAM PAM PAM PAM.
Jódanse, caigan ustedes, yo resisto, yo aguanto, me digo.
—¡Vamos! —dice mi compañero.
Suena el pito, viene él.

Se pasa rápido su turno, siento su furia, respiro. Vuelvo yo. Me duelen los brazos, pero yo puedo. Jódanse ustedes, caigan ustedes, yo puedo, siempre puedo, yo puedo más, un poco más.
Vamos, vamos, pega, pega, pega.
Que muera el otro, me digo por dentro.
Que muera el otro, que caiga el miedo, que caiga el chavismo, y las mujeres inseguras y los transportistas maleducados, pero yo no, yo sigo.
PUM PUM PUM PUM.
Yo puedo, carajo, yo puedo.

—Listo chicos, guantes fuera.

Y el cuerpo respira, y mi cerebro tiene una fiesta de dopamina. Volvemos a la sombra, el calentamiento, el simulacro sudado de lo que fue. Sesenta minutos divididos en fracciones de tres minutos de puro esfuerzo y y hermosa violencia.

Me limpio las manos, guardo mis guantes y mis vendas, me pongo el saco de invierno, me despido, abro la puerta. Soy parte del sudor que hace una hora me molestaba, soy parte del vapor que odié al entrar y me voy feliz de haber vencido el desánimo y dejar en cada puño las injusticias pequeñitas que ya no me importan.

Luego les cuento lo que me ocurre cuando entreno en las mañanas



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