DOS TERREMOTOS Y SUS 39 SEGUNDOS

 



9.30 p. m. me entra una videollamada grupal: "La titi, Mafer y tú". Mafer está en la sala de su casa, es mi sobrina, tiene 9 años y suele videollamarme para jugar. 

—Tías, las llamo porque mi mami está durmiendo un ratito y me aburro, tengo diez bolsitas de barajitas las voy abrir y pegar y ustedes me acompañan. Tía Burlona (yo soy la tía burlona), vamos a ver  si me salen más de España. ¿Tú qué estás haciendo?

—Nada, descansando y pasando calor, estamos a 38 grados Mafer Peliona. Miraaaaa, ¿compraste una camisa de Argentina, boluda, y de España no? Pero bueno, la de Argentina también te queda bien.

—Mi artista Madrileña Dios te bendiga, ¿cómo estás?

—Bien, titi, muriendo de calor. ¿Andas ordenando el cuarto? ¿Y el viejo?

—Miren, me salió otra de Sudáfrica y, mira, tía Burlona, dos de España.

—Ay, qué buenas esas barajitas, pégalas, mi negrita. El viejo anda por ahí mamita, jodiendo y haciendo chistes malos como siempre.

—Ya vengo, voy al baño y las pego.

—Ah, bueno, mi negrita. Yo aprovecho y veo una carne, que ando cocinando.

—Yo me voy a bañar, que el calor no me deja.

Cuelgo la llamada y me baño. El calor y el potencial recibo de luz por prender mucho el aire me acosan. Vuelvo a la cama y "Mafer te está llamando en llamada grupal", sale en mi teléfono.

—¿Por qué te fuiste de la llamada?

—Ustedes también se fueron.

—Sí, pero yo al baño y mi titi a la cocina, no colgamos.

— Ah, entendí mal, vale, está bien. Aquí me quedo un ratito más.

—Mi artista, qué duro ese calor allá, ¿no? Aquí estamos en 26 grados  y ya nos quejamos.

—Tía Burlona, ahora te toca venir a ti a Venezuela. Yo cumplo en agosto.

—Sí, lo sé, Peliona, ojalá pudiera, quizás en diciembre, para mi cumple. ¿Fuiste a tus clases de baile?

—No, hoy no porque es feriado.

—Es verdad.

—Mi artista madrileña, ¿qué se celebra hoy? A ver si te acuerdas, jajaja.

—Las fiestas de San Juan, ¿no?

—Jajajajaa, bueno, también. Mafer, dile a tu tía qué se celebra hoy, que no se acuerda.

—La Batalla de Carabobo, tía Burlona.

Entre barajitas y fechas festivas, la conversación duró una hora, pero el lorazepam y el cansancio de no poder dormir bien por varios días me tenían casi noqueada así que me despedí.

—Bueno, Sobri Peliona, espero que en las próximas barajitas te salga Messi.

—¿Vas a colgar? No, un ratito más.

—Debes estar cansada, mi artista. Cuídate mucho, te quiero mucho. Mándale besos a mi flaco, dile que su mamá lo ama.

—Sí, titi muy cansada por el puto calor. Sí, le digo, aunque el flaco aún no llega, pero le digo a tu bebé de 32 años que lo amas, jajaja. Chao, Mafercita.

—Tienes que venir a Venezuela tú tía burlona, ya yo fui a España en el frío. Y quédate un ratito en la llamada, me falta solo un sobre.Anda. 

—No aguanto, Peliona, tengo mucho sueño, pero mañana te mando un audio a ver qué jugadores te salieron.

Colgué la llamada, apagué el teléfono, lo coloqué en el enchufe que está lejos, lo apagué,  dejé el ventilador prendido, y me quedé dormida hasta las 8 am.

Abro los ojos, me despierto, voy al baño a orinar, me cepillo, me lavo la cara. Mi sobrino duerme en el sofá. Prendo el móvil: "Terremoto en Venezuela deja heridos, muertos y desaparecidos". "Dos terremotos en simultáneo afectan principalmente a Caracas". "39 segundos de terror vivió Venezuela ayer, dejando varios edificios caídos, 100 desaparecidos y 56 muertos". Reviso el WhatsApp: un mensaje de mi hermana:

 "Hermana, cuando despiertes... cuando te enteres..."

Y mi mente voló al terror, a saber qué pasó. Quizás pasó menos de un minuto  hasta que volví a leerlo bien.

"Hermana, cuando despiertes. Estamos bien, para cuando te enteres o despiertes no te asustes. Aún estamos abajo en el edificio porque ha habido réplicas, pero todo está bien."

"La niña ya duerme, a mi mamá la ayudaron a bajar las escaleras y todas mis tías se fueron para allá a acompañarla, pero está bien, todas están bien."

—¿Y tú, negra, cómo estás?

—Bien, manis, súper asustada, pero me controlo por la niña. Ya subí, solo hay grietas en la pared, dicen que no son de las peligrosas.

—¡Qué fuerte, hermana! Pero qué bueno que todos están bien. Estoy leyendo y el flaco sabía y no me despertó.

—Le dije que no te dijera, te ibas a volver loca sin poder hacer nada..

—¿Y la niña cómo lo tomó?

—Ella estaba en una videollamada con la titi y el teléfono le avisó, y ella entró corriendo para avisarme. Horrible, hermana, se movía todo.

—Mierda, yo estaba en esa llamada minutos antes, Karla.

—Dicen que fueron segundos pero eran eternos, manis, qué horrible.

—Qué fuerte, qué alivio saber que están bien. Imagino tu susto, con la niña.

Reviso las noticias, el whatsapp del grupo familiar. La catástrofe en todas las redes sociales. Comienzo a escribir y recibir mensajes, ese ir y venir de gente que me importa y gente a la que le importo, incluso algunos o algunas  con las que quizás llevábamos algún rencor atorado o un ataque de orgullo oponiéndose a una conversación, pero cuando hay un terremoto de magnitud 7,2 y 7,5, el corazón administra mejor el teclado del teléfono, y te das cuenta que los malos entendidos no eran para tanto, que esa amiga siempre te piensa, que ese “Solo follamos y ya” no es  tan frío ni tan simple y que la solidaridad también escribe rápido.

En el scroll del terror se me hace casi la 1 de la tarde. Me voy al coworking donde opero con mi productora de podcast. Coincido con una amiga venezolana, conversamos en un saloncito que hay detrás del lobby. Nos sentamos en el mueble. Amaya es diseñadora, alta, morena, muy inteligente, tiene los ojos grandes y aguados. No conseguía a su papá, pero al final, después de horas, se comunicaron. Él estaba bien, pero los destrozos de la oficina donde trabaja no. Mientras hablo, me llega un mensaje de una amiga que no me había respondido: "Perdí mi apartamento en Los Palos Grandes, mi último logro en Venezuela, que tristeza tan grande todo". Sigo conversando con Amaya, llora mientras se levanta, no tiene mucho tiempo de quejarse o llorar. Tiene una reunión, mucho trabajo, muchas cuentas que pagar, como yo, como todos aquí.

—Marica, ni llorar puede uno. Qué impotencia no tener suficiente dinero para correr y ayudar allá.

Me dice mientras se levanta y se va. Yo no encuentro forma de concentrarme, pero me levanto y voy a la sala de reuniones,  como puedo abro la computadora y espero que me manden un link porque tengo una reunión con un cliente. Intento no mirar el teléfono. Si lo miro lo abro, si lo abro miro las redes, si miro las redes me enredo, me tapo, se me caen todos los edificios, los niños muertos, las grietas, el desahucio. Mientras espero le mando un audio a mi mamá, sé que está bien, pero le pregunto cómo se siente para consolarla.

—Karlina, disculpa, se nos olvidó la reunión. ¿Podemos agendarla para la semana que viene?

—Sí, claro, sin problemas.

Aprovecho para volver a escribirle a mi hermana.

—¿Manita cómo vas?

—Manis, la niña está durmiendo y yo estoy llorando.

La videollamo. Mi hermana está en el balcón de su casa, tiene una taza de café en la mano, está llorando, tratando de que su llanto no despierte a Mafer. deja la taza en la mesita, se agarra el pecho mientras llora.

—Pensé que nos íbamos a morir aplastadas, que no iba a poder proteger a mi hija, bajamos descalzas, Mafer lloraba, el edificio se movía y caían pequeñas piedras y polvo. Sentí que ahí quedaba.

Intento no llorar para calmarla, se me salen las lágrimas, pero mi voz me ayuda y frustro el llanto mientras le digo a mi hermana que no frustre el de ella.

—Manita, llora, necesitas llorar, claro. Imagino tu dolor, tu pánico, el desespero de la niña, el tuyo, pero estás bien, lo importante es que estás bien, que las dos están bien.Llora todo lo que necesites. Aquí estoy.

Lloro por dentro, me ardo en ansiedad, me punza su llanto. Quiero abrazar a mi hermana y no puedo, joder, no puedo.

—Pensé que el edificio se nos venía encima, La niña corrió al cuarto a avisarme, yo estaba medio dormida. ¿Ah? ¿Por qué tenía que estar dormida?

Sigue llorando, con culpa, tratando de no hacer ruido.

—Manis, más bien agradece que estabas durmiendo antes, porque cuando llegó el terremoto ya estabas lúcida para salir. No te vas a sentir culpable por dormir, que tu llevas 9 años sin dormir bien como todas las mujeres que son madre chica. Anda, tómate el café. 

—Y la niña tan valiente, manis.

—Como tú, negrita. Tú eres llorona, pero valiente. Hiciste lo que tenías que hacer y están bien.

Seguíamos hablando y se calmó. Me siguió dando detalles, me dijo que las grietas no eran peligrosas, que los vecinos se acompañaron, que el edificio donde vive, según el ingeniero, es bastante sólido por si vuelve a pasar algo, que a una prima la agarró el terremoto en La Guaira, que sentía que el carro (coche) se iba a voltear, pero llegó a su casa. Estuvimos conversando media hora hasta que, sin llorar, me dijo que me dejaba, que iba a bañarse. Me quedé en la sala de reuniones en silencio, tenía un ataque de ansiedad, estaba recordando el "quédate un ratito más" de mi sobrina. Dos veces insistió en que me quedara  en la llamada. Dos. 

Treinta y nueve segundos duró el terremoto. Los mismos treinta y nueve segundos en los que pude haberme quedado en la llamada. Los mismos treinta y nueve segundos en los que ellas pudieron haber muerto. 


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