UNA PROTESTA EN NAVIDAD La Navidad se divide entre quienes aman las festividades y quienes no están de acuerdo con ellas. Yo estoy en el grupo de quienes gustan de ella, con algunos matices y protestas. La Navidad me gusta porque incentiva el reencuentro, se gesta un ambiente de agradecimiento y se le da espacio, con un rigor entusiasta, a encuentros que en otras fechas o meses no tienen prioridad. En el calendario, la fiesta está agendada; incluso en el trabajo hay un día en el que no solo se baila, se bebe y se come (y, si se pasan de tragos, puedes ver a la de Recursos Humanos besándose con el de Contabilidad), sino que las empresas regalan a sus empleados desde una cesta de comida navideña hasta un concierto de Dua Lipa. (Hay vacantes en la empresa que da un concierto de Dua Lipa). Como todo, el lado oscuro decembrino es el consumismo desbordado. Las calles del centro de Madrid, por ejemplo, se abarrotan hasta el punto de no poder camin...
I San Pol del Mar se llamaba y como así lo dictaba su nombre «en el mar» vivía, en su pueblo le decían: «Tu mamá con ese nombre te condenó a ser lesbiana» porque según, San Pol no era un nombre de niña. San Pol era delgada y adicta a las lanchas, la pesca y el deporte. Desde chiquita miraba de reojo a las mujeres por la playa, era un juego: mirar los pechos y jugar con cangrejos y caracoles. San Pol del Mar se crio con su mamá y su papá hasta que, heredando la ira de él, se le volcó encima. Su papá era un borracho con esa afición muy machista de pegarle a la mujer y creer que esta es de él como lo es un zapato. San Pol presenció cada una de esas peleas que hacía que su mamá siempre cayera en el piso como cae un boxeador a la lona después de un nocaut. En silencio, San Pol entrenó cada tarde, guardándose la ira en las manos; practicaba boxeo, pesas y alzaba todo aquello que le exigiera mucha fuerza. Ensayaba con pequeñas piedras de la costa y luego agarraba una más gran...
I Cuando llegaban las vacaciones y mi mamá nos decía que nos dejaría un mes en casa de “su tía, la de la playa” era como si nos dijera que nos dejarían un mes en Disneylandia; porque ir en mi infancia donde mi tía, era ir a La Guaira, jugar con nuestra prima Yuri. Mi prima era hiperactiva, dinámica… inventaba para mí, los mejores juegos. Tenía el cabello largo, los ojos saltones y la risa siempre urgente. Ir a donde mi tía era también comer mamones, pescado, caminar descalza por la lluvia, vivir en traje de baño, comer empanadas frente al mar; jugar era el verbo de todos los días. Mi tía era hermana de mi papá y, por lo que contaban los adultos, (esos rumores que recuerdas con la cabeza mirando hacia arriba), era la más querida por él y aunque mi tía y mi mamá no se querían mucho, mantenían el contacto protocolar por respeto y por nosotras. Mi tía era una mujer robusta, negra, alta, de una mirada que pocos la podían mantener. Hacía empanadas, cocía ropa y sarcasmos;...
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