LA CASA

Su casa se lo comía de vez en cuando ¡eso decía él y la gente no le creía!, “eso es flojera tuya Ramón, de salir de tu casa”. Pero el insistía en que era así, que su casa era como vivir con un animal peligroso, de vez en cuando lo comía, que había que tener cuidado. Ramón decía que toda su Familia había muerto en esa casa, él era técnico en computación y había quedado solo luego de la muerte de su madre.

Ramón trabajaba por su cuenta disponía de sus horarios y la verdad no le iba mal, tenía una novia María, María era gris como un horario de oficina pero constante y atenta con él, ella se quedaba en su casa pero solo dos días porque si pasaba más tiempo ella corría el riesgo (según Ramón) de padecer la enfermedad de la casa, María en el fondo creía que era un excusa para no comprometerse. La verdad después de tres años quedándose solo dos días no estaba del todo de acuerdo y varios conflictos por esa razón, pero Ramón insistía que era por su bien y que tarde o temprano el moriría ahí en esa casa y no quería que le pasase los mismo a ella.

Cuando María o los amigos (que eran pocos) de Ramón le preguntaban unos escépticos otros con intriga y otros para burlarse, que como era lo de la casa él echaba el cuento, él decía que cuando trabajaba mucho tiempo en su casa la misma casa lo absorbía, todo comenzaba al despertar, afuera se escuchaba lluvia pero si Ramón se asomaba notaba como la gente no se mojaba, no habría paraguas ni mucho menos corría de la lluvia, aunque dentro de la casa si se escuchaba y se veía el chaparrón, de esa forma era más difícil para Ramón salir de la cama. Otra cosa que notaba es que cuando se paraba se sentía débil, le invadía una fuerte parsimonia y al tomar un café, sacar un plato, dejar un vaso; sin que él lo recogiera la casa misma lo recogía por él, era un orden silencioso y he aquí el otro síntoma: todos los artefactos de comunicación con el exterior o ruidosos de pronto quedaban en silencio; así Ramón sentía que la casa lo observaba, él sabía que no era un espanto o algo parecido, era la soledad misma de la casa que lo empujaba a la cama a deprimirse en su habitación que empezaba a hacer una cárcel. Las sábanas lo arropaban sin que él se diera cuenta y las almohadas eran como imanes a su cabeza, Ramón tenía que luchar por su vida cada vez que eso pasaba porque la sensación no era dolorosa; era placentera y la casa lo sabía, cada hora que pasaba somnoliento... atrapado suavemente sobre las sábanas, su cuerpo se descompensaba y llegar a la puerta era un camino largo. Era imposible, como si de pronto la sala, el baño, los metros cuadrados se multiplicaran de tamaño y no pudiese ramón llegar por la distancia y el cansancio.

La casa estaba en la zona colonial de la Avenida Panteón; era una de esas que te recuerdan el pasado caraqueño. Tenía tres habitaciones, la puerta era blanca... de esas puertas altas con columnas largas y paredes largas. Los muebles fueron nuevos cuando su abuela era una niña, creció con esos muebles y con un corredor largo que ya para la fecha era un corredor oscuro. Recordaba perfectamente pasar su infancia corriendo en él, al salir de la sala, al ladito había un patio pequeño lleno de matas; Ramón quedo con la tarea de regalarlas, pero han venido muriendo una tras otra de forma lenta. Las tres habitaciones de la casa no tenían puertas, solo cortinas tristes que dejaban expuesto a capricho del viento las cosas de la habitación. El dormitorio de su mamá estaba intacto: una cama matrimonial, un ventilador oxidado que en sus tiempos mozos ayudaba con la humedad, todos los cuartos tienen ventilador pero el único que sirve es el de Ramón; la mesa de noche conservaba los perfumes, zarcillos y cremas de la mamá, parecía un museo y como museo por años nadie había tocado nada de ahí... todo estaba acompañado por polvo, polvo que parecía arenilla, cenizas compartiendo con ácaros y nostalgia. La mesita de noche es vecina del closet también sin puertas donde se veían los vestidos de la mamá, vestidos que la acompañaron en tiempos de Pérez Jiménez. El piso de la casa era de un cemento verdoso las paredes tenían estrías en ciertas esquinas y había retratos de la abuela cuando joven y de la madre cuando joven. En aquellos retratos blanco y negro o colores opacos.

El otro cuarto que había en la casa era el cuarto de “los peroles”, estaba estacionado el triciclo de Ramón, pequeño y lejano como su infancia. Pelotas espichadas, todas azules, a Ramón le encantaba ese color de niño, Un súper héroe sin brazos, una perinola y una china, carritos y más carritos llenos de polvo. Sin niños sin el sonido onomatopéyico de algún infante que simulara su arranque, también estaban los cuadernos de Ramón cuando pequeño, sus primeros dibujos, su primer intento de arreglar artefactos, había sin duda una inmovilidad aterradora y al mismo tiempo una nostalgia escandalosa en cada objeto. Una cama partida, la primera cama de Ramón .donde se masturbó por primera vez, donde se chorreo de miedo antes de llamar a mamá, donde soñó quien sería o quien no, donde se preguntó cómo serían los ojos de su papá, como abrazaba su papá, un papá que nunca vio y siempre añoró y odio al mismo tiempo. También había muñecas, eran las muñecas de su mamá cuando era una niña., una colección de arlequines tan limpios como fríos que parecen mirar a Ramón y Ramón solía de niño asustarse cuando los veía. Ese cuarto era un portal del tiempo; una embajada de pequeñas y grandes cosas de un pasado generacional, en ese cuarto su mamá jugó a las muñecas y soñó su príncipe, príncipe que en realidad le pegaría, la engañaría y se marcharía sin razón. Ese príncipe que jamás vivió ahí.

A veces Ramón creía que la culpa era de la casa, porque lo mismo pasó con su abuelo tampoco lo conoció y esa casa era acopio de soledades de generación en generación; por eso Ramón tiene miedo de que la casa rechace a María. Detrás de esa habitación estaba la cocina y el patio, quedaban aun los envases donde comían el perro y el gato que también murieron y sirve ahora ese patio para que Ramón guarde las computadoras que repara y las arregle, ahí la cocina era simple, humilde pero (como él decía) cuando la casa quería matarlo limpiaba todo sola. Él creía que las manos de la casa estaban en la cocina y el corazón también, el corazón (decía Ramón) estaba cerca de las ollas, ollas viejas pero que se conservaban por el poco uso.

El cuarto de Ramón era el cuarto que aún guardaba signos de vida: el televisor, la radio, algunos colores más vivos en las sabanas de la cama matrimonial, él decía que desordenando su habitación se sentía más vivo. Donde verdaderamente pasaba más tiempo era ahí y en el patio, los otros espacios de la casa no los habitaba, incluso evitaba quedarse mucho tiempo. El cuarto de Ramón tenía baño y eso era un gran alivio para él, el closet sí tenía puertas. Sus camisas eran todas iguales incluso repetía colores y sus pantalones igual, al igual que sus zapatos. María siempre intentaba comprarle ropa más viva, de más colores... pero siempre se quedaba en el closet, discriminada por la inercia y la costumbre casi religiosa de Ramón de ponerse lo mismo.

Así, día tras día, vivía Ramón en su casa. De pronto... en eso días de lluvia había más miedo. Él se asomaba desesperado por la ventana cada vez que llovía y al ver a la gente con paraguas se aliviaba, preparaba un café, le escribía a María.
Pero un día ya María estaba molesta. Cansada de sus dos días de turno, pasó dos semanas sin pisar la casa. Ramón se impacientaba. Prendía la radio, la televisión, repetía el ritual. Se aburría. Llegó Diciembre y no había mucho trabajo... entristece, va donde sus computadoras; las arma y desarma sin coherencia. No sabe qué hacer con tanta libertad, no sabe cómo conseguir sentirse bien. En realidad, Ramón pocas veces se sentía bien, pocas veces era feliz y la casa, la casa que no ayudaba.

Varias veces pensó en mudarse, alquilar la casa, venderla, abandonarla incluso, María estaba ausente y tenía ese latigazo de miedo en el estómago; ese latigazo que solo la ausencia o el temor de la ausencia perenne de un ser querido trae. Ramón tomó la decisión, alquilar una habitación cerca o irse donde María, pero al pensarlo sabía perfectamente que la casa lo notaría y trataría de impedirlo.

Rápidamente Ramón empezó a recoger sus cosas; lo más importante. Un aguacero golpeaba las paredes, las ventanas, el frio se le metía por los huesos. Llovía rabia, resentimiento líquido. Un llanto iracundo. Ramón temía voltear a la ventana, ver lo que sabía. Se aferraba a la ventana no la quería abrir.
Escribió a María desesperadamente: “por favor ven a buscarme me voy contigo, ven por mí” pulsó enviar y el cielo oscuro de la casa se siguió reventando. Ramón, desesperado, en un impulso por salvarse sabiendo que si esa lluvia era de la casa seguirían los otros síntomas corrió hacia la puerta y huyó por las calles. Los vecinos en sus ventanas no entendían mucho su conducta, pero Ramón seguía corriendo hasta que desapareció de la cuadra y de la gente de la Avenida Panteón.

Cinco horas después llegó María, la puerta estaba abierta. Gritó varias veces: “Ramón”, pero no había nadie en la casa. Empezó a recorrerla, vio las maletas de Ramón a medio hacer y continuó doblando la ropa y metiéndola en las maletas; asumió que por la puerta estar abierta él no estaría muy lejos, ni se tardaría mucho.
Mientras esperaba fue a prepararse un café; María estaba un poco asombrada de la radicalidad con la que le escribió Ramón... incluso sentía que estaba asustado, al terminar de tomarse el café dejó la taza en el fregador y se fue a terminar las maletas, al terminarlas le dio un sueño parsimonioso y durmió plácidamente mientras una pequeña llovizna se escuchaba afuera.

Cuando María despertó ya eran las 10 de la noche, esperando encontrar a Ramón en la casa, empezó a llamarlo... a revisar la casa pero no, Ramón no estaba. Intentó llamarlo pero el celular no tenía señal y el teléfono de la casa no servía. Fue a la cocina a prepararse algo de comer y notó que la taza que había dejado sucia en el fregadero estaba limpia y en su puesto. Asumió que olvidó cuando lo hizo y siguió en la preparación de la cena. Mientras comía sus arepas con revoltillo, miró preocupada el reloj. Se asomó a la ventana preguntándose dónde estaría Ramón y por qué no había llegado a la casa, al mirar la ventana notó que mientras llovía nadie se mojaba y recordó las palabras Ramón: “la casa me quiere matar, María” y recordó las veces que esa misma imagen la contaba Ramón; la lluvia, la taza de café limpia, el sueño. Asustada María corrió al cuarto, Ramón decía que ahí se sentía más seguro así que ella optó por lo mismo; pero el sueño la vencía, tenía miedo dormir... pero los ojos se le apagaban una y otra vez.

Cuando María despertó habían pasado tres meses, una nueva sensación la invadió, como si la casa en un silencio le hubiese dado la bienvenida, María sentía que la casa se había entregado a ella, que le pertenecía. Revisó las cosas, los cuartos, y poco a poco se fue acostumbrado a esa soledad. Añoraba a Ramón pero, así como su abuelo y su padre, algo le decía que Ramón no volvería Jamás.


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